Nadie puede ingresar. Es el piso 35 del hotel Mandarin Oriental, un lobby con vista al Central Park que sirve las veces de trasbordo de las torres que forman el complejo. Como un destello, una reina deja una estela aromática y sube. Es Rania, murmuran los curiosos. Sin corte detrás, la joven y bella reina de Jordania abandona su suite para salir. Lleva un vestido blanco con falda de corte princesa con un encaje en la cintura que deja ver la piel de su esbelta figura.
Son las imágenes que se repiten en el hotel donde se hospedó la escasa comitiva de incondicionales que trajo Cristina Kirchner para el último adiós a la ciudad a la que vino sin faltar durante los últimos 12 años. Lejos quedaron los tiempos en los que las delegaciones que subían al Tango 01 eran tan nutridas que cualquiera podía cruzarse a alguno de los acompañantes presidenciales por las calles.
Como Cristina, la comitiva argentina se movió con extremo hermetismo en la despedida oficial de esta ciudad. A la Presidenta casi no se la vio.
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Salió de su habitación, en el piso 54 (sí, el mismo porcentaje que obtuvo en su reelección, en las elecciones de 2011), sólo para las dos únicas actividades que tuvo en la ciudad: un debate sobre la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres, y las reuniones bilaterales con sus pares de Venezuela (Nicolás Maduro) y China (Xi Jinping).
Desde que Cristina llegó el sábado y se instaló en su suite, evitó ir a comer o hacer caminatas, como lo hizo en otros de sus viajes. Tampoco recibió a empresarios, otro clásico de sus recorridos neoyorquinos. Esta vez eligió compartir esporádicos momentos con sus funcionarios más incondicionales, pero siempre en su habitación.
Con los diarios a mano
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Al lado del cuarto donde duerme la Presidenta se prepara otro para sus asistentes personales y se monta una oficina con computadoras e impresoras para que Cristina pueda tener a mano las últimas informaciones.
Nada se decide hasta que la Presidenta no pisa Manhattan. Cada vez que termina una actividad se junta con su vocero, Alfredo Scoccimarro, a quien ni se lo vio, y debaten qué informar, un bien escaso durante la gira.
Los funcionarios también se movieron poco. Con ella llegaron Carlos Zannini y Oscar Parrilli, dos de los hombres que cuidan sus espaldas. Uno como candidato a vicepresidente de Daniel Scioli; el otro, como jefe del área de Inteligencia. Cada uno salía por su lado. Zannini salió a dar caminatas por la tarde y siempre con mirada desconfiada hacia los periodistas. Ayer se lo vio con su mujer, Patricia Alzúa, que levantó el perfil para acompañarlo en la campaña. Parrilli, en general, optaba por ir a almorzar acompañado de la síntesis de prensa que prepara el Gobierno con el resumen de los diarios.
Pero el lugar más destacado entre los colaboradores presidenciales lo tuvo el ministro de Economía, Axel Kicillof. Voló en avión de línea y se sumó desde el domingo. Con buena predisposición fue quien ofició de vocero, mantuvo reuniones por fuera de la agenda presidencial y hasta se permitió responder las preguntas de los periodistas, a quienes el resto de los funcionarios esquivaban.
¿Cristina necesitaba aquí a Kicillof? No. Pero quiso que viniera para que fuera él quien capitalizara políticamente haber conseguido que la ONU debatiera sobre los fondos buitre. Ya lo calificó ella misma como su consejero principal. A poco más de 70 días de despedirse del poder, acá le regaló el centro de la escena a uno de sus ministros favoritos.
fuente lanacion