El triunfo de Horacio Rodríguez Larreta fue tancategórico que las únicas conjeturas pertinentes estarán obligatoriamente referidas, de ahora en más, no sólo al acierto del ingeniero por haberle dado tamaño espaldarazo a su jefe de gabinete, sino también al hecho de que demostró, con creces, ser el dueño absoluto de los votos del Pro.
Hace treinta días, poco más o menos, nadie creía en las chances de Rodríguez Larreta de alzarse con una victoria. Su contrincante —desde que acompañó a Macri en la formula ganadora, años atrás— siempre acreditó una imagen positiva y una intención de voto envidiables, sólo superadas en la Capital Federal por el jefe del Pro. Todas las encuestas daban cuenta de que la senadora aventajaba a su rival por una diferencia de entre siete y diez puntos, de modo tal que no parecía difícil predecir cuál sería el resultado. Pero nadie, al mismo tiempo, tuvo en cuenta la forma en que Macri había decidido apoyar a su delfín. Lo hizo de manera desfogada, desafiante, rozando casi el maltrato respecto de la Michetti.
Es cierto que arriesgaba poco y nada, lo cual no quita que, al convertir en escasas cuatro semanas en ganador a un perdedor, puso de manifiesto su enorme poder de convocatoria. Pocos —si acaso algún político—están en condiciones hoy de pedirle a la gente que vote a un candidato determinado —sin un gran caudal electoral— y transformarlo, de la noche a la mañana, en triunfador. Lo expresado no apunta a rebajar los méritos de Rodríguez Larreta sino a transparentar una capacidad política desconocida en el actual lord mayor de la ciudad.
El Pro, pues, seguirá festejando un rato largo en atención a lo que ha sido su performance en tres de los cinco principales distritos del país. Con la particularidad, además, de que los éxitos obtenidos en Santa Fe, Mendoza y la ciudad autónoma de Buenos Aires contrastaron con los desastrosos resultados de los candidatos del Frente Renovador y la pobre cosecha del Frente para la Victoria fuera de Salta y Neuquén, dos provincias electoralmente poco significativas.
Si fuera pertinente tomar en consideración las cinco elecciones que se han substanciado desde mediados del presente mes y extrapolar los resultados poniéndolos en cabeza de Sergio Massa, Daniel Scioli y Mauricio Macri, sabríamos con anticipación quiénes estarán en la segunda vuelta y en qué orden. …Si fuera pertinente. Pero no lo es y conviene no prestarse a esos juegos matemáticos que sólo inducen a error.
Que haya —hasta el recuento definitivo— salido airoso Miguel Del Sel en el Litoral, Alfredo Cornejo en Cuyo y Horacio Rodríguez Larreta enla vidriera de la República no significa necesariamente que Macri le haya sacado ventajas considerables a sus contrincantes de octubre. Aunque —eso sí— los mencionados comicios han tenido un peso mostrativo indisimulable. Sería ingenuo suponer que un Macri levantándole la mano a Del Sel y a Rodríguez Larreta carece de efectos en el público y que haber ganado en esos distritos —aunque haya perdido en Salta y Neuquén— no tiene consecuencias secundarias. Sobre todo porque sus dos opugnadores no han logrado nada o han conseguido bien poco.
Ha quedado en evidencia que tanto Scioli como Massa —en mucho mayor medida éste que aquél— deben hacer un alto en su camino a octubre y reflexionar antes de reanudar la marcha. Algo de esto parece haber intuido el ex–intendente de Tigre tiempo antes del colapso —conocido de antemano—que sufriría su esforzado candidato Guillermo Nielsen, en la Capital.
Su deriva en pos de un acuerdo con José Manuel de la Sota y Adolfo Rodríguez Saa va en ese sentido. Entre los errores verdaderamente inconcebibles de Massa, hubo dos que se destacan: haber perdido a Carlos Reutemann, quedándose en Santa fe con Eduardo Buzzi —que es algo así como descartarlo a Messi y abrazarse con Pirulo— y haber dejado de lado en Córdoba al gobernador de la provincia y haberse acercado, en cambio, a Olga Riutort. Lo de Reutemann no tiene vuelta. En cambio, el pacto ya definido con el peronismo federal puede ser la condición necesaria para que Massa en las PASO de agosto siga a flote.
En su peor momento el líder del Frente Renovador hará un lanzamiento que se espera multitudinario en la cancha de Vélez; es posible que anuncie allí el acuerdo con De la Sota y Rodríguez Saa y defina también a su compañero de fórmula. Sólo le faltaría, para volver a la carrera con alguna remota probabilidad de éxito, acertar con el mensaje. Scioli supone la continuidad dulcificada del kirchnerismo y Macri la promesa de un gran cambio sin que ello suponga saltar al vacío. ¿Dónde está parado Massa? Cualquiera lo sabía en agosto-octubre del año 2013, cuando fue capaz de sepultar para siempre el sueño reeleccionista de Cristina Fernández. Pocos saben dónde está hoy.
En cuanto a la estrategia de Daniel Scioli, descansa pura y exclusivamente en convencer a la presidente de su lealtad y de su fidelidad al modelo. Es lo único que le interesa en estos momentos. El resto puede esperar. Su fijación con la viuda de Kirchner —convencido como está, desde hace rato, de que no puede ganar sin ella y, mucho menos, contra ella— tiene sentido. Sería ilógico que, partiendo de la premisa antedicha, fuera a ponerse en la vereda de enfrente del FPV o a mostrarse indiferente. Como se sabe sapo de otro pozo debe dar unas muestras de pureza que a otros kirchneristas de paladar negro nadie les pediría. Scioli debe ser más papista que el Papa en razón de que carece de alternativas fuera del ámbito oficialista. Por eso, en cuanta oportunidad tiene, se viste de un cruzado de la causa K y no sólo no trepida en dar muestras del servilismo más crudo —en lo cual es insuperable—sino que hasta manda a su mujer a defender las cifras del INDEC, por ejemplo.
De momento la reseñada estrategia le ha dado buenos resultados. Se halla situado primero o segundo —en un virtual empate técnico con Macri— en todas las encuestas y su reconciliación con Cristina Fernández parece haber aventado cualquier sospecha respecto de quedar fuera de la grilla de candidatos del FPV en agosto.
La gran incógnita es si su ultrakirchnerismo, mantenido a tambor batiente hasta último momento, le jugará a favor o en contra en un eventual ballotage. Mientras 70 % de la población no quiera saber nada con el universo K, su plan de acción —de mantenerse sin cambios—podría transformarse en un salvavidas de plomo más adelante.
La gran incógnita es si su ultrakirchnerismo, mantenido a tambor batiente hasta último momento, le jugará a favor o en contra en un eventual ballotage. Mientras 70 % de la población no quiera saber nada con el universo K, su plan de acción —de mantenerse sin cambios—podría transformarse en un salvavidas de plomo más adelante.
fuente laprensapopular