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No solo sufre el derecho

Redacción TN by Redacción TN
11 abril, 2013
in Politica
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Ningún juez podrá emitir un fallo que contradiga la postura del Estado, porque la postura del Estado, según la presidente, es la postura del pueblo y no debe haber ningún individuo por encima del pueblo.

El pequeño problemita es que el “pueblo” como entidad corpórea susceptible de ejercer derechos y contraer obligaciones no existe, es una entelequia, una metáfora. Los que son sujetos de derechos y obligaciones son las personas individuales, de carne y hueso. Son ellas las que pueden ver desconocidos sus derechos y sus garantías. El “pueblo” no puede ser parte en ninguna causa judicial.

¿Entonces, como se resuelve el dilema? Muy sencillo dice la presidente: “Como el pueblo no existe en cuerpo y alma, lo materializó yo, como corporización del Estado. Por lo tanto cundo digo ‘pueblo’ digo ‘Estado’ y cuando digo ‘Estado’ digo ‘yo'”

A su vez la presidente dijo que ningún fallo de la Justicia -para ser democrático- puede ser contrario a la voluntad del pueblo expresada en las urnas y como esa voluntad la eligió a ella, su voluntad es la voluntad del “pueblo”, por lo que todos los fallos en donde el Estado (es decir ella) sea parte deberán darle la razón a su voluntad para ser coherentes con la voluntad del pueblo.

Este razonamiento insólito que derriba la esencia de la evolución del Derecho de los últimos 500 años encuentra algunos obstáculos en cuanto se limpia la empolvada superficie.

Los casos judiciales son ajenos al “pueblo”. Lo que existe en un caso judicial es el enfrentamiento de dos criterios diferentes sobre a quién le asiste la razón en la interpretación de una determinada realidad. Cuando una de las partes es el Estado lo que hay del otro lado es un particular. Ese particular -que integra el “pueblo”- es una persona real, de carne y hueso, sujeto de derecho y tiene un pleito con el Estado. Si ese particular nunca pudiera tener razón frente al Estado porque si algún juez se la diera sería acusado de emitir fallos no-democráticos, se estaría consagrando el principio según el cual los integrantes REALES del pueblo (esto es los ciudadanos de verdad) no tendrían ningún derecho frente al Estado. El “pueblo” o el “Estado” no serían esos ciudadanos como nos quiere hacer creer la presidente, porque cuando hay que ver lo que realmente cuenta (cómo les va a los ciudadanos con sus derechos) estos son defenestrados en los juicios, para favorecer los criterios del “Estado”, es decir del “gobierno”, es decir de la presidente, bajo el argumento de que de esa manera se esta defendiendo los intereses del “pueblo”. Pero ¿esa persona, no acaso el pueblo? Si los derechos sagrados del “pueblo” no los tienen las personas, ¿quien los tiene? Adivinaron: los tiene el Estado, es decir, Cristina.

La gran falacia de que la voluntad mayoritaria es una manera de develar la voluntad de TODO el pueblo y que como consecuencia de ello, el elegido por la mayoría representa la voluntad de TODO el pueblo y de que SU voluntad ES la voluntad del pueblo es un sofisma que sirvió para construir las grandes dictaduras fascistas del siglo XX y, por cierto, era el mismo sustrato que sostenía las monarquías absolutas de la Edad Media contra las que se reveló el derecho occidental a partir de la Carta Magna de 1215.

Pero estas elucubraciones maléficas tendrán su impacto en el nivel de vida de los argentinos; no son solo un conjunto de filosofadas que le interesan nada más que a un conjunto de burócratas. Con la consagración de este sistema la Argentina puede despedirse de lo que pudiera ser algún resabio de inversión en el país. ¿Quién se animaría a poner una moneda en una tierra en donde la voluntad de un amo puede despertarse una mañana con la ocurrencia de quedarse con la propiedad de cualquiera, sin más trámite que lo que suponga disponerlo por sí y ante sí? Esos dueños no tendrán defensa judicial. Ni siquiera podrán proteger provisoriamente su propiedad mediante medidas de amparo porque a la presidente también le molesta que le anden complicando sus caprichos con medidas cautelares. Mucho menos con sentencias finales que tengan la peregrina idea de no darle la razón. Aprobado este esquema, nadie será “dueño” de nada; todas las propiedades le pertenecerán potencialmente al Estado (es decir a la presidente). Casi es posible imaginarla, al estilo Chavez, recorriendo calles al grito de “exprópiese” y señalando con el dedo una determinada propiedad. Se trata de un tiro de gracia a toda convocatoria a que alguien ponga un peso aquí. Los dueños del dinero correrán espantados a tierras menos hoscas y más inteligentes.

Sin dinero no habrá trabajo y sin trabajo habrá más miseria y pobreza. Ese será el resultado efectivo que obtendrá el “pueblo” del chistesito de su presidente.

La Sra de Kirchner, como es sabido, ha apelado a la demagogia discursiva, divisoria y rencorosa para dar a entender que el Estado (esto es el “pueblo”) es un “pobrecito” que está en inferioridad de condiciones para defenderse del poder de las “corporaciones” enemigas del Estado, y, por lo tanto, del “pueblo”. Este nuevo poder le permitirá al Estado (es decir a ella) defender al pueblo frente a las oligarquías que solo buscan su propio beneficio.

El problema es que a veces esas “oligarquías” son los jubilados que le hacen juicio al sacrosanto Estado para que les pague lo que les debe; u otras muchas son ahorristas que le hacen juicio al Estado para que les repare la estafa a que los sometió; y otras son trabajadores que plantean judicialmente su oposición a leyes del Estado que los perjudican. ¿Donde queda el argumento de la presidente en esos casos?, ¿qué clase de “enemigos del Estado” (y como consecuencia del pueblo) son los jubilados, los ahorristas o los trabajadores? Cualquiera hubiera dicho, al contrario, que son el mismísimo pueblo personificado.

Es tan patético lo que está ocurriendo y tan grave al mismo tiempo que solo queda esperar a que los proyectos sean ley para que puedan ser susceptibles de ser atacados judicialmente y allÍ encomendarnos al Señor, a Francisco y a los jueces.

El Papa le dijo a Ricardo Lorenzetti que le hablará de él a Dios. Ojala sea esa una larga charla. El Señor seguramente sabe lo que ocurre en la Argentina. Es hora de que se apiade de nosotros. ¿Por qué una tierra que debería ser un horizonte de paz y progreso está cruzada por las salvajadas que el Derecho superó en el mundo hace 5 siglos? Seguramente la fe tiene insondables misterios por descubrir. Pero este que protagonizamos los argentinos no le va en zaga.

fuente thepostarg

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