Aun así, esa conclusión es apresurada. Su defecto es no incorporar una información crucial, y es que el contexto en el que actúan Kirchner y Scioli ha verificado cambios de gran magnitud. El gobernador, entonces, debe permanecer en observación.
La primera innovación es de dinero. Buenos Aires disfruta en los últimos meses de un margen desconocido de autonomía fiscal. Los motivos son, entre otros, la inflación y el aumento de los impuestos. La recaudación en la provincia viene creciendo por encima del gasto desde comienzos de año. En el próximo diciembre, el déficit fiscal será del orden de los $ 4500 millones, menos de la mitad del que se pronosticaba a fines de 2009. La deuda pública disminuyó mucho. Este año Rentas pagará al Tesoro nacional $ 2500 millones menos que los previstos en enero. El que viene, $ 4500 millones menos todavía. La relación entre la deuda y el producto bruto geográfico se redujo en un 4% y hoy está en el 11%. Comparada con el presupuesto, en 2007 era del 130% y en 2010 es del 70%. Es la consecuencia del desendeudamiento que ofreció la Casa Rosada a las provincias en junio pasado, gracias a lo cual Scioli depende hoy muchísimo menos del gobierno nacional. Fue Cristina Kirchner, entonces, la que comenzó a abrirle la jaula.
La segunda innovación del paisaje en que se mueve Scioli es electoral. Hasta el 29 de junio del año pasado, las humillaciones que toleró como vicepresidente y como gobernador eran un suplicio en el camino ascendente a la victoria. En cambio, el último oprobio de orden práctico, la participación forzada en la lista de Kirchner como candidato testimonial, le hizo conocer a Scioli la caída. Se trata de una variación no desdeñable. No es lo mismo ser el insumo maleable de una estrategia ganadora que allanarse al fracaso. En otras palabras, el voto de obediencia del gobernador albergará, el año próximo, una exigencia que hasta ahora no tenía: puede ser el final de su carrera política. Eduardo Duhalde es quien mejor advirtió este dilema. En la últimas semanas envió a Scioli mensajes muy precisos a través de un anciano a quien el gobernador aprecia como a un padre: "Si rompés, hay contención", fue la misiva. Desde el duhaldismo se regodean dejando entrever que hubo un encuentro secreto con el gobernador. Scioli no lo desmiente. Kirchner se inquieta.
La tercera alteración es que Scioli expresa, en su drama, a la mayoría de los intendentes peronistas de Buenos Aires (se podría decir que es "la voz de los que no tienen voz", si no fuera porque permanece mudo). Estos caudillejos tendrían pocos motivos de incertidumbre si no fuera porque Kirchner los obliga a soportar su mala imagen, les arma listas de piqueteros y les impone la repelente jefatura de Hugo Moyano.
Irritación
Se entiende, entonces, el clima de irritación que reinaba entre los intendentes que el jueves pasado, después del inclemente discurso de Kirchner, se reunieron a comer pizza en La Boca. El enojo fue más llamativo porque casi todos eran peones del ex presidente: Hugo Curto, Fernando Amieiro, Alejandro Granados, Juan José Mussi y Alberto Descalzo. También estaba el ministro de Acción Social de la provincia, Baldomero Alvarez, a quien la Casa Rosada tiene en la mira como el estratega de la rebelión bonaerense.
¿Alcanzarán estas mutaciones para sacar del interior de Scioli a ese otro Scioli cuya honrosa condición suponen colaboradores e intendentes amigos? Casi nadie lo cree. Excepto Kirchner. El está observando conductas raras en el gobernador. Tal vez por esa razón se enojó tanto con Aníbal Fernández, Florencio Randazzo y Amado Boudou, el viernes pasado, cuando los acusó, exaltado, de ser muy flojos en la pelea con Scioli. A Kirchner lo intriga que la víctima de su vapuleo no hiciera, como otras veces, movimiento alguno para aproximarse. El último diálogo entre ambos fue en el escenario, aquella misma tarde: "¿Por qué me pegás así?", preguntó Scioli al verdugo, quien contestó con un "tenía que hacerlo", muy de compromiso. Ni la enfermedad de Kirchner modificó, al parecer, el distanciamiento.
Otro gesto inesperado de Scioli fue haber aparecido en una fiesta del diario Perfil , a la que no concurría desde hacía años. Antes de llegar el gobernador preguntó, como de costumbre, por la lista de asistentes. Después buscó la foto con Mauricio Macri, el otro destinatario del destemplado discurso de La Boca.
Como todo caudillo, Kirchner es de larga memoria. Para él las microrrebeldías de Scioli refuerzan dos episodios mucho más reveladores, ocurridos el año pasado. Todavía no había pasado un mes desde la derrota electoral y el gobernador ya había corrido a visitar a Duhalde y a entrevistarse con la Comisión de Enlace agropecuaria. Para quienes creen que Scioli es invariable, fueron errores debidos a la falta de pericia. Para Kirchner, en cambio, aquellos movimientos fueron una profecía. Una advertencia de lo que está por venir.
fuente lanacion