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Hipolito Yrigoyen y la ley Saenz Peña

Redacción TN by Redacción TN
30 agosto, 2012
in Opinion
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Un precedente de la Ley Sáenz Peña estuvo constituido por el proyecto de reforma electoral de Joaquín V. González aprobada por el Congreso Nacional en 1902, con la ley 4161, que contemplaba el secreto del voto y la sustitución de la lista completa por la de circunscripciones uninominales, a la que el senador Carlos Pellegrini se opuso por considerar que el voto secreto no se adecuaba a la totalidad de la población, debido a la inclinación de sectores importantes que sufragarían más por sentimientos y creencias que por ideas. Con la sanción de esta ley apareció entonces el voto pignoraticio, como consecuencia del valor adquirido por el voto, que no respondía al valor ético, sino al precio  que las partes le fijaban para su compra-venta. Con la asunción del presidente Quintana, el sistema regresaría a la situación anterior de lista completa y el reemplazo del sufragio cantado por el escrito, con lo cual se restringía el voto de los ciudadanos analfabetos.
 
La lucha por el espacio público y el derrocamiento del sistema basado en el fraude y en la exclusión política antidemocrática de los ciudadanos, requería la instalación de una alternativa libre de componendas y contubernios. La vigencia de los derechos políticos se reclamaría en los episodios del Jardín Florida en 1889, ratificados más tarde  en la asamblea del Frontón de la Cancha de Pelota en 1890, con la consecuente aparición de la Unión Cívica y su proyección poco después a la Revolución del Parque de 1890, con la gestación del nuevo partido político Unión Cívica Radical.
 
El rédito de las luchas reformistas de 1890, 1893 y 1905 se encontrarían con la aporía, con el camino sin salida, de la antinomia. No obstante, el presidente electo Roque Sáenz Peña se reúne con Hipólito Yrigoyen, oportunidades en las que éste plantea la necesidad de que el pueblo pueda votar libremente. La misión de Yrigoyen no estuvo exenta de dificultades, pues su idea de la reforma electoral no era compartida por Carlos Pellegrini y  tampoco por Miguel Juárez Celman, Manuel Quintana, José Figueroa Alcorta, el mismo Roque Sáenz Peña, todos ellos pertenecientes a la masonería al igual que Yrigoyen, pero con ideas políticas contingentes que debían ser muy discutidas.  Por esto, la persuasión ejercida por Yrigoyen sobre sus interlocutores fue decisiva para conseguir la ley 8871, en una tarea de fina alta política. El resultado obtenido también tendría que ver con las características de hombres de cultura superior, todos ellos, para llegar a un acuerdo sobre el tema, que en otros temas llegó a dirimirse con el uso de las armas.
 
Hipólito Yrigoyen no asistía en soledad a sus reuniones con Sáenz Peña, sino con la firme compañía del espíritu de Karl Christian Friedrich  Krause ( 1781 – 1832 ) y su doctrina ética. La percusión   de las ideas debía encontrar un camino desde el pensamiento de la doxa  a la actividad racional de la episteme, y de allí a la acción transformadora de la praxis. El sendero debía ser recorrido desde una idea primordial  hasta concluir en un resultado práctico lo más aproximado a una realidad estimada posible.
 
El compañero espiritual de Yrigoyen fue el filósofo alemán Krause, que plasmaría su visión metafísica en Vorlesungen   über  das System  der Philosophie  ( 1828 ).  La idea impulsora de Krause estuvo representada por el panenteísmo, término acuñado por él mismo, debido a que se vio obligado a inventar para protegerse de las acusaciones de panteísmo con que señalaban a su doctrina en la Universidad de Gotinga. Esta doctrina consistía en una estructura metafísica  que procuraba la conjugación de inmanencia  y la trascendencia de Dios sobre el mundo. Con la extensión de la idea  en el terreno social, defendía la autonomía de las distintas esferas humanas, como eran los casos de la educación y de la ciencia, así como precursor de la igualdad de derechos de ambos géneros, del derecho del niño, y de los derechos de la naturaleza, a modo de pionero del ecologismo. Siguiendo el pensamiento panenteísta, unía los tres términos temporales de naturaleza, espíritu y humanidad en una totalidad orgánica, concepto que Krause desarrolló como Mensch-heitsbund, unión del género humano, a partir de una idea tomada de la francmasonería. Su historicismo  alcanzaba el acmé  en el retorno del género humano a Dios, como última etapa de todo progreso. Consideraba Krause que se llegaba al Ser Supremo por medio de un proceso superior  que llama sintético  u objetivo, que parte de Dios mismo y da lugar al Universo, y no a través del proceso crítico común, inductivo,  que llamaba analítico y subjetivo.                                                 
 
Krause ejerció una gran influencia en el mundo de lengua castellana, tanto en España como en Hispanoamérica, a través de sus doctrinas, que en la Península divulgó Julián Sáenz  del Río, y su aplicación  a través de su discípulo  Francisco Giner de los Ríos en la prestigiosa y renovadora Institución Libre de Enseñanza, que tuvo repercusión en Buenos Aires, con Fernando de Castro.
 
La difusión de las ideas de Krause en la Argentina arraigó en la intelectualidad liberal moderna y librepensadora de la segunda mitad del siglo XIX, y contribuyó fundamentalmente en la construcción de los cimientos sobre los que se levantaría la Unión Cívica Radical de Leandro Nicéforo Alem y su sobrino Hipólito Yrigoyen.
 
Hipólito Yrigoyen, entre otras actividades, ejerció como profesor de filosofía, y fue un estudioso e intérprete de la corriente de pensamiento de Krause, reformista y democrática, como base para el desarrollo humano sobre la base del perfeccionamiento moral. Esa concepción sostenía su política como un apostolado y resultó el apoyo necesario para consolidar los aspectos doctrinarios de la Unión Cívica Radical.
 
El pensamiento yrigoyenista se había nutrido en innumerables y sólidas lecturas, como se desprende de la evidencia que surge de los autores presentes en su biblioteca, en la que se encontraban reunidos Aristóteles, Kant, Rousseau, Montesquieu, Le Bon, Bossuet, Stuart Mill, Spencer, Emerson, Story  y, por supuesto,  Karl  Christian Friedrich Krause y su discípulos Ahrens, Thibergen y los españoles Sáenz del Río y Giner de los Ríos, así como muchos otros.
 
En la historia de las ideas  políticas de la América española, Yrigoyen fue un prosélito de Krause a la distancia, que tuvo la mayor relevancia y un ejemplo de la puesta en práctica del pensamiento filosófico aplicado a la política, con su profundo perfil reformista y democrático y sus rasgos específicos de filosofía ética y modalidad de vida. Con ese contenido, Yrigoyen, el más filósofo de los presidentes argentinos del siglo XX  y el siguiente, no se limitó a  la contemplación metafísica, sino a las realidades conducentes de una vida política de la Nación, con la debida práctica  de la moral y de la ética.
 
El humanismo ético de Yrigoyen, sustentado en el ideal krausista con su aptitud para definir la realización nacional como Estado y la idea de la política como creación ética, se corporizó en el ejemplo de vida filosófica, para dar forma al espíritu yrigoyenista impregnado de ética e intransigencia. Ese espíritu respondía al proyecto de continuar  la antigua línea Mayo-Caseros para abrirle paso a la civilización, así como al eje Rivadavia-Sarmiento en el mismo sentido. Cuando la demografía alcanzó un punto determinado, era la hora de cumplirse el apotegma sarmientino de un país con ciudadanos y no meros habitantes, y la población originaria sumaba a  la inmigración y sus hijos, con la capacidad para gobernarse por sí mismos. La flecha lanzada por la ley 1420 de educación común, dibujaría su trayectoria con la Reforma Universitaria de 1918 en plena primera presidencia de Yrigoyen.
 
Yrigoyen, no ya solamente en su dimensión política, sino como hombre filósofo, vislumbraba la participación  del pueblo todo en una lucha reformista para que se reconociera el voto universal, secreto y obligatorio como plataforma para la erección de una democracia argentina moderna.                                                              El centenario de la Ley Sáenz Peña es precisamente la cristalización filosófica del pensamiento de Hipólito Yrigoyen, nervio y motor de ese nuevo capítulo de la Historia en el que el pueblo comenzaría a ejercer su propia voluntad, proceso del que no era ajena la inspiración  de Karl Christian Friedrich Krause.                                                                    
 
En definitiva, la Ley Sáenz Peña  es también una ley que tuvo a Yrigoyen como protagonista, y que bien puede ser considerada como la Ley Yrigoyen, de la que surgiría  como un símbolo la primera magistratura de un presidente cabalmente próximo  a la modernidad política democrática.
 
                                                                                              Agosto de 2012
 
* Francisco M. Goyogana cursó estudios de Farmacia y Bioquímica; oficial de la Armada Argentina, retirado como Teniente de Navío Bioquímico; tuvo una prolongada trayectoria en la industria farmacéutica, miembro de la Farmacopea Argentina y redactor asociado del nuevo Capítulo “Biotecnología”en su última edición. Simultáneamente, ha publicado una cantidad de artículos científicos y en el tema histórico, diversos trabajos aparecidos en publicaciones como el Boletín del Centro Naval, Todo es Historia, etc. Ocupó el cargo de vicepresidente del Instituto Sarmiento de Sociología e Historia y Rector de la Cátedra Argentina Sarmiento. Autor de “Sarmiento y la Patagonia” Lumière (2006), “El Paradigma de la crisis” Lumière (2007), “Sarmiento y el Laicismo. Religión y política” Claridad (2011) y otros. Premios “Domingo F. Sarmiento” y “José B. Collo” otorgados por el Centro Naval.  
 
 fuente www.con-texto.com.ar
Tags: Hipólito Yrigoyen y la ley Sáenz PeñaOpinión
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