
Perich le bautizó con el nombre de «Fer» y, con los años, la ocurrencia se convirtió en nombre de guerra y sello de calidad. Guerra a todo color a la mediocridad y
a las medias tintas y calidad rematada por esos personajes achaparrados y narigones que brincaban de las viñetas de «El Jueves« a las páginas de «El Punt-Avui» y de la primera línea de la sátira política a la retaguardia de la historia (memorable sigue siendo su versión ilustrada de «La venganza de Don Mendo»).<blockquote class=”twitter-tweet”><p lang=”es” dir=”ltr”>"Descanse en paz Fer, maestro y gran inventor de historias. Fermosas, además. Hasta pronto, compañero" <a href=”https://t.co/MgjfMriSA9″>pic.twitter.com/MgjfMriSA9</a></p>— El Jueves (@eljueves) <a href=”https://twitter.com/eljueves/status/1305465952738385920?ref_src=twsrc%5Etfw”>September 14, 2020</a></blockquote> <script async src=”https://platform.twitter.com/widgets.js” charset=”utf-8″></script> «Descanse en paz Fer, maestro y gran inventor de historias. Fermosas, además. Hasta pronto, compañero», destacaba ayer en un tuit el equipo editorial de «El Jueves», irreverente publicación en la que Fer, fallecido este lunes a los 71 años después de una larga enfermedad, aterrizó en 1981 para convertirse en emblema del humor gráfico y habilidoso artesano de la sátira política. Fue precisamente ahí donde creó dos de sus series más memorables: «Historias Fermosas», tronchante parodia del medievo; y «Puti Club», ácida crónica de un pueblo con un burdel como centro de operaciones. Antes de eso, José Antonio Fernández había hecho todo lo humanamente posible por mantenerse a flote en un oficio precario casi por necesidad y sacudido a conciencia por la atmósfera sociopolítica. Nacido en Mansilla de las Mulas (León) en 1949 pero instalado en Mollet del Vallés desde mediados de los cincuenta, combinó la docencia y las clases de Historia en un instituto de Barcelona con colaboraciones en publicaciones como «Patufet», «Oriflama y «Matarratos» primero «El Correo Catalán» y «La Prensa» más tarde. Nada aparentemente serio hasta que a mediados de los setenta fue a parar al «Papus», santo y seña de la sátira política neurasténica y publicación permanentemente amenazada que llegó a dirigir durante unos años. De aquella época le gustaba recordar, no con poca sorna, cómo había sobrevivido al atentado que el grupo fascistas Triple A perpetró contra la redacción barcelonesa de la revista gracias a Franco. Sí, a Francisco Franco. Y es que, tal y como recordaba Fer, si no voló por los aire fue gracias al corto de dibujos animados sobre el dictador que estaba realizado y que ese día, 20 de septiembre de 1977. le tocaba supervisar. <blockquote class=”twitter-tweet”><p lang=”ca” dir=”ltr”>La vinyeta d'en Fer d'aquest dilluns <a href=”https://twitter.com/hashtag/EnTempsRealEPA?src=hash&ref_src=twsrc%5Etfw”>#EnTempsRealEPA</a> <a href=”https://t.co/4LLmigf3Fd”>https://t.co/4LLmigf3Fd</a> <a href=”https://t.co/Y5vFhe7uW0″>https://t.co/Y5vFhe7uW0</a></p>— El Punt Avui ️ (@elpuntavui) <a href=”https://twitter.com/elpuntavui/status/1305377223432699905?ref_src=twsrc%5Etfw”>September 14, 2020</a></blockquote> <script async src=”https://platform.twitter.com/widgets.js” charset=”utf-8″></script> De trazo limpio y elegante y humor inteligente, poco dado al exabrupto, a Fer le gustaba considerar la sátira una efectiva herramienta de combate. «Los mejores chistes son los que se han hecho contra las dictaduras, contra Franco, Hitler y Stalin», defendía. Impulsor del Premio Internacional de Humor Gat Perich y firma habitual de revistas como «Don Balón» o «Barrabás», en 1987 empezó a publicar en el diario «Avui», publicación en la que, ya bajo el nombre de «El Punt-Avui», siguió publicando una tira diaria hasta el final. Literalmente: hoy mismo, poco antes de que trascendiese la noticia de su muerte, aparecía su última viñeta: un homenaje a los alumnos catalanes que regresaban al cole y los que Fer imaginaba enzarzándose a golpe de tirachinas con el coronavirus.
FUENTE DIARIO ABC: