Abandonados a su suerte, miles de refugiados pasan la noche en montes y rutas tras el incendio de Moria, en Lesbos

Es una imagen de “fin del mundo”. Cargando lo poco que quedó de sus pertenencias, los migrantes de Moria, el campo de refugiados más grande Europa, se sienten

“abandonados” tras pasar la primera noche en montes y rutas, en los alrededores del campamento que hasta el miércoles era su único lugar en el mundo, hasta que el fuego lo redujo a cenizas.

Bajo un sol intenso, en la ruta que conduce de Moria al pequeño puerto de Panagiouda, Fatma Al-Hani, siria de Deir-Zor, tiene en brazos a su bebé de dos años.

“Lo perdimos todo, estamos abandonados a nuestra suerte, sin comida, sin agua, sin medicamentos”, suspira la joven, que acaba de salvar de las llamas sus documentos de identidad.