En su libro “El mundo y sus demonios”, Carl Sagan dedica casi la totalidad de su prólogo a la eterna lucha entre la ciencia y el esoterismo. Para el astrofísico, esta puja es nada más y nada menos que un conflicto entre la luz y la oscuridad, entre aquello que revela y aquello que simula revelar. Foto:House of Cards parodiando el rumor de la sociedad secreta conocida como “The Bohemian Grove” (2018)-Por Juan Pablo Menchón-Especial para TNA-
Sagan comenta con decepción como algunos líderes del mundo moderno frecuentemente recurren, discretamente, a intérpretes de las pseudo ciencias para realizar todo tipo de consultas. Aquellos que incurren en estas prácticas lo hacen manteniendo un velo de secretismo, sabiendo que estos hábitos no reflejarían de manera positiva dentro de sus perfiles minuciosamente construidos.
En los pasillos del poder, suele ser vox populi que funcionarios, empresarios y sindicalistas que mantienen vínculos estrechos con tarotistas, médiums, cabalistas, hechiceros y videntes. Muchos de ellos, a simple vista, parecen personas regidas por la lógica, con una formación profesional envidiable y una vida de postal. Sin embargo, a puertas cerradas, mantienen una profunda convicción de que mucho de aquello que les ha sucedido en la vida fue consecuencia de algo más grande, algo que envuelve en sí mismo nada menos que las fuerzas del destino.
Argentina ha sabido tener un nutrido catálogo de figuras que instauraron elementos sobrenaturales en las altas esferas del poder. El más conocido fue José López Rega, Ministro de Bienestar Social de Héctor Cámpora, Raúl Alberto Lastiri, Juan Domingo Perón y finalmente, Isabel Perón. Apodado “El Brujo” por su afición al esoterismo, ofició durante varios años como un Rasputín de la política nacional, practicando de manera frecuente y bien documentada rituales de “magia negra”. Su legado hoy sirve como un siniestro recordatorio de una época oscurantista que culminó en un infame golpe de estado que aun después de cuarenta y cuatro años, exhibe sus cicatrices a flor de piel.
Un ejemplo un poco más moderno es el del presidente venezolano Hugo Chávez, quien consultaba casi diariamente a una hechicera llamada Cristina Marksman. Según relata David Placer en su libro “Las Brujas de Chávez”, Marksman había vaticinado que el mandatario moriría antes de cumplir los sesenta años, cosa que marcó a fuego al comandante. La estrecha relación entre Chávez y Marksman la llevó a ocupar una posición de poder en la mesa de decisiones del líder del régimen bolivariano, el cual en varias ocasiones también mantenía un asiento libre para el espíritu de Simón Bolívar, el cual, según decía, lo acompañaba y aconsejaba todos los días. Nicolas Maduro mantuvo esta línea de creencias, invirtiendo (si se puede llamar así) una fortuna en amuletos, santeros y gurúes. Actualmente, en el Palacio de Miraflores, se levanta un altar con cabezas de caimán, frutas, flores e inscripciones, que sirve como un recordatorio de que la ciencia, hace ya muchos años, abandonó ese recinto.
En el resto del mundo occidental moderno, la participación de los expertos en lo sobrenatural hoy tiene menor visibilidad, pero no por ello menor influencia. Algunos de estos mercaderes de la iluminación, en privado, se jactan con otros clientes de menor nivel de las relaciones que mantienen con círculos de poder. Otros, con mayor dote mercenario, venden los secretos de sus habitués a los servicios de inteligencia o a aquellos que estén dispuestos a pagar el precio acordado.
Los antros de lo oculto son uno de los sótanos más comunes de la política. A simple vista uno podría llegar a preguntarse cuál es el daño que causa un confidente que dice aquello que su cliente quiere escuchar. La visita a un personaje que maneja el arte de las runas puede sonar similar a la lectura del horóscopo de alguna revista de chimentos, pero en esta trama yace un germen complejo para cualquiera que detente el poder.
La revelación de un propósito o la reafirmación de un camino puede resultar peligrosa cuando se convence a una persona de que todo lo que sucede es parte de un destino épico, ya que el destino épico de un gobernante es, para bien o para mal, el destino de la nación que gobierna. La convicción de que mientras peor estén las cosas, mayor será el triunfo, puede hacerle creer a uno que no hay que recular, que hay luz al final del túnel, que el tiempo le dará la razón. Frecuentemente, sucede lo contrario y el halo invisible del poder abandona a aquellos cuya imagen comienza a flaquear. Nadie quiere estar en el barco que se dirige al iceberg y menos cuando su capitán está convencido de que será el barco el que rompa al hielo.
La historia está llena de hombres y mujeres que, convencidos de un destino que jamás llegó, cometieron los más violentos y nefastos actos. El fin justificaba los medios si el fin era la realización que se les había prometido, aquella que podían visualizar tan claramente en sus mentes, aunque para el resto de los mortales sonara como un hermoso sueño de pipa. Para todos ellos, la lección llegó demasiado tarde. No es casualidad que la influencia de lo sobrenatural sea mayor en aquellos lugares en donde habitan las crisis y la desesperación.
El matemático Bertrand Russell solía decir que un síntoma que indica que uno se aproxima a una crisis nerviosa es creer que su trabajo es tremendamente importante. En un mundo de incertidumbres que ha demostrado la fragilidad de todos los sistemas en tan solo un par de meses, la solución más fácil sería abrazarse a falsas certezas fundadas en la mera creencia. La construcción de algo superador, lejos de la mística, requiere compromisos reales basados en hechos. Si eso no sucede, puede que los que detenten algún tipo de poder culminen reinando sobre las cenizas de lo que alguna vez fue… pero ya no volverá a ser.
La mitología griega personificaba el destino en la figura de Moros, un dios oscuro que también representaba la suerte y la condena. El destino era algo oculto, que en reiteradas ocasiones jugaba con los dioses y los mortales por igual, sometiéndolos a su voluntad casi de manera lúdica. El mensaje parecía ser que aquellos que confían demasiado en su propio propósito estaban destinados a encontrar un destino ingrato. Una lección de humildad y tal vez, una advertencia para aquellos convencidos de conocer lo que realmente ignoran.
