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Crisis de sentido y reconstruccion del Estado

Redacción TN by Redacción TN
17 enero, 2016
in Jorge Raventos
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Mauricio Macri hizo bien en señalar a tiempo que no habría que esperar resultados de la noche a la mañana, sino más bien,  un progreso  constante aunque lento (“cada día un poco mejor”).  Muchos de los logros están aún, razonablemente,  en la etapa de la roturación o de la siembra: el índice de costo de vida del INDEC demandará siete u ocho meses, el control de la  inflación (aunque  el consuelo sea que  este mes “será menos que lo que se auguraba”) no  muestra logros compatibles con la expectativa  generada con aquella promesa de retrotraer precios a los niveles de fines de noviembre.
 
Cuando los  logros se demoran
Pero Macri no cuenta con un período de gracia eterno, y si  los logros de gestión se demoran (o, como el exitoso  levantamiento del cepo cambiario, pierden su condición de noticia  en poco tiempo)  necesita  mantener o aumentar los niveles de  respaldo con otros instrumentos.
 
Deliberadamente –tal vez por  diferenciarse del  relato ideológico del kirchnerismo, tal vez por coherencia con alguna lógica de mercado- el  Pro  renunció a enunciar un proyecto en términos político-doctrinarios, una enunciación de sentido de su marcha y prefirió  la suma ecléctica y pragmática de logros prácticos (con ejes en la libertad y el entusiasmo) al riesgo de una formulación que a la larga terminara en dogma. El marketing estimuló esa opción: las doctrinas ponen límites; evitarlas permite sumar  diferencias.
 
El hecho es que,  cuando  los logros prácticos  requieren  un proceso, el  sentido de la búsqueda es lo que permite  fortalecer la esperanza y mantener vivo el entusiasmo. Se  nota  la ausencia del “proyecto”.
 
A falta de  esa narración sobre  el porvenir y sus demandas presentes,  el  gobierno se ve  obligado a aceptar la postura  de quienes  le vienen reclamando  que explique el presente por el pasado.
 
 Es decir, que  ponga sobre el tapete  “la herencia recibida”  y aproveche  el reto  que el  kirchnerismo puro y duro   le propone  con su hostigamiento y sus manuales de resistencia  para, por lo menos,  tender un puente  narrativo entre la actualidad y los logros más  notorios y esperados.
 
La propuesta es que  el gobierno  use  al  kirchnerismo como el kirchnerismo  usó la evocación del gobierno militar y la represión desbocada de los años 70, para  estimular una, digamos, “polarización positiva”.
 
Está claro que  no hace falta exagerar en algunos temas referidos a la herencia K. Están a la vista de todo el mundo: estatismo con degradación del estado, capitalismo de amigos  que  empiezan a  abandonar el barco (y a generar  desocupados) tan pronto pierden los subsidios  o los contratos que los beneficiaban desde el poder central, “federalismo” retórico y unitarismo de recursos, sobreprecios,  vínculos con  el delito, etc.   Que la Justicia se haga cargo de los hechos (y que la administración colabore con lo que la Justicia pida)  no  equivale a ninguna polarización artificial.
 
Pero se trata de  no distraerse ni perderse políticamente en una lucha  sin sentido con lo que ya ha sido derrotado, sino de  pensar, diseñar y explicar  -además de  poner en práctica- un cambio con sentido y proyecto. Que  asuma compromisos, defina un cauce,  sostenga valores que vayan más allá de “que cada cual haga lo que quiera”. Que  reflexione un sentido de comunidad.
 
Una comunidad  puede  atravesar momentos de crisis si  siente esa unidad de sentido. De lo contrario, las esperanzas  decaen, sobreviene la decepción,  la centrifugación de la sociedad, la crítica a los otros (empezando por “los de arriba”). En suma, el círculo vicioso de la decadencia.
 
 La metáfora de los prófugos
Cuando se produjo la triple fuga  de la cárcel de General Alvear muy pocos observadores  apostaban a que alguno de los criminales que habían huido fuera recapturado  (o, en todo caso, recapturado con vida). Las interpretaciones  oscilaban entre la culpabilización lisa y llana del gobierno (candidez, ineficiencia, complicidad, retribución por aquellas declaraciones de Martín Lanatta contra Aníbal Fernández antes de las elecciones) o su vulnerabilidad extrema (debería  pagar el precio político de un ajuste de cuentas mafioso con los tres prófugos ejecutados; se evidenciaría su debilidad frente a poderes fácticos irreductibles).
 
Aunque contradictorias entre sí, el  efecto corrosivo  de esas conclusiones se extendió durante la  larga recorrida de los delincuentes por territorio de las provincias de Buenos Aires y Santa Fé, matizada con pronósticos frustrados de recaptura y trascendidos que parecían  una burla a los dispositivos de búsqueda y persecución, como las repetidas visitas a la ex suegra de Martín Lanatta en Berazategui.
 
El resultado final (los tres  prófugos fueron  recapturados, viven y están en manos de la Justicia)  fue una victoria no debidamente valorada, en parte por errores de comunicación del gobierno (que subalternizó los éxitos), en parte por  tensiones entre las jurisdicciones intervenientes. Pero sobre todo  porque  no se termina de comprender acabadamente  que el episodio no ha sido un hecho singular, sino una batalla de una guerra prolongada  en la que la Argentina se juega  la gobernabilidad y su liberación de la trama largamente tejida  por el crimen organizado y el narcotráfico sobre sus instituciones y su sistema político.
 
El Estado ocupado
Más allá de errores puntuales que obviamente deberán ser corregidos, los agujeros negros  de este suceso que  se prolongó casi dos semanas, desde la fuga hasta  la incógnita sobre la primera captura (¿uno o tres?) y sobre las informaciones derivadas, exceden el  hecho puntual y  obedecen a  la suma de  un largo desmantelamiento desde arriba  del  aparato de seguridad (falta de elementos, de armamento, de instrucción, de disciplina, de conducción política; sueldos miserables a los efectivos) y a su infiltración (en muchos casos manejo)   por parte del delito organizado y la asociación  con  nodos del sistema político.
 
Esos dos  motivos (desmantelamiento/ asociación-cooptación por el delito) son  ambos extremos de una pinza que aprisionó  el tema de la seguridad  pública, a la sombra de un  relato y una cadena de decisiones   que, invocando  los crímenes represivos  de la década del 70, desarticuló  los sistemas de seguridad y de defensa. Hay que señalar  que parte de la sociedad argentina acompañó  (y, por inercia ideológica, en muchos casos sigue tolerando)  esa política.
 
Así, hoy  los noticieros pueden mostrar policías que corren armados y en ojotas, patrulleros  en ruinas,  comunicaciones  internas  inexistentes (¿para qué hablar de drones o de radares para detectar  vuelos clandestinos de los  traficantes?),y se pueden escuchar  conversaciones telefónicas que delatan la  connivencia entre jefes policiales  y delincuentes, mientras  justos y pecadores, decentes e indecentes son  sospechados, condenados o vituperados por igual  por  una opinión que reacciona  espasmódicamente, y  a menudo con actitud de cliente más que con compromiso ciudadano.
 
El gobierno  ha prometido una guerra al narcotráfico. Esa guerra supone  reconstruir  el sistema de seguridad y el de defensa  (el  crimen organizado es una amenaza a la vez interna y externa; en tiempos de globalización, esa  frontera  es tan lábil que se vuelve impalpable). Supone también ir a fondo y promover legislación que facilite las investigaciones y la ofensiva contra  el delito.
 
La asignatura seguridad es sólo una  de  las que requiere  la gran tarea de reconvertir y  recrear el  Estado,  para transformarlo en  el  estratega inteligente  del  desarrollo y el bienestar argentinos y  revertir su degradación,  en la que combina  los costados viciosos de máquina de impedir, nido de ineficiencia, red de corrupción, asilo de negocios  turbios y aguantadero.
 
La cultura del encuentro
Tanto por la naturaleza del desafío como por la relación de fuerzas que exhibe el Congreso, ese objetivo requiere una política de Estado. Sería candoroso  esperar unanimidades (los principales facilitadores del actual estado de cosas naturalmente pondrán palos en la rueda y desarrollarán manuales de resistencia), pero  es  plausible y necesario  buscar consensos.
 
Ya están a la vista:  el peronismo  ha comenzado  a trazar la línea de falla que separará el anacronismo de la renovación, el relato faccioso y estéril  de  la competitividad  democrática.  Desde allí, avanza hacia el consenso, arrastrando a los más remisos o –más tarde o más temprano- desembarazándose de  ellos.
 
Esta semana María Eugenia Vidal  consiguió que la Legislatura bonaerense le votara el Presupuesto. Esta vez el bloque del Frente para la Victoria dio el quorum que una semana atrás, siguiendo instrucciones  precisas de El Calafate transmitidas por el camporista José  Ottavis, se había negado a dar. Empujaron ese cambio de actitud los diputados peronistas más dialoguistas y, sobre todo,  los intendentes, que tienen que gobernar sus comunas y necesitan  “efectividades conducentes”  más que ideología  y manuales de microactivismo.
º
Los que tienen responsabilidades en municipios o en provincias forman parte del  sistema de gobierno,  más allá del  sector político del que provengan: están ligados por las realidades del poder y son éstas las que  enmarcan y contienen los naturales conflictos. 
 
La gobernadora  de Santa Cruz, Alicia Kirchner, podrá  tener divergencias  con el gobierno de Mauricio Macri, pero  necesita  la cooperación del poder central para  afrontar la crisis que  soporta  su distrito. Sus problemas no son demasiado diferentes de los que han recaído sobre el  estado central y sobre otras provincias  -déficit, desfinanciamiento, desborde del gasto fiscal-  sumados, en este caso,  a la convulsión que crean los centenares de despidos de las empresas  de Lázaro Báez,  epítome del capitalismo de amigos practicado durante la década K.
 
A diferencia de la etapa kirchnerista, el gobierno actual promete  trabajar  con criterios de imparcialidad y ecuanimidad, dejando de lado el “federalismo de provincias amigas” que  inducía o negaba  el apoyo financiero y las obras de acuerdo al grado de subordinación  de las autoridades  locales al poder central. 
 
La Casa Rosada espera que  la comprensión de  los intereses  comunes de quienes tienen responsabilidades de gobierno  operará como argumento para que  los líderes de las provincias  orienten a sus senadores con criterio constructivo.
 
  Macri  no  persigue la subordinación de gobernadores e intendentes; más aún: sabe que trabajan para  competir fuerte en los  comicios de 2017 y para  desplazarlo del gobierno dos años más tarde.  Pero  sabe también que  en la actualidad  él y sus potenciales adversarios de los próximos años  se necesitan mutuamente.  El  tiene la legitimidad de su victoria electoral  y  el peso que  surge del  ejercicio de la Presidencia,  pero  eso  no es suficiente para  producir las leyes  que serán necesarias  (por ejemplo: la que permita  la  esperada negociación con los  holdouts  o la ley “del  arrepentido”, que los expertos  consideran  instrumento indispensable  para   quebrar el hermetismo  de las redes corruptas y de las organizaciones  criminales).
 
Los  futuros adversarios  son, por su parte, concientes de que  la sociedad espera un acompañamiento leal  (así sea competitivo) al gobierno que acaba de asumir, y que  quienes desafíen ese sentido común  pagarán un alto precio  ante la opinión pública.  Se votó un cambio, y ese voto  afecta  inclusive (o principalmente, si se quiere) a  los que perdieron la elección,  les reclama  una reflexión crítica.
 
En 1983, cuando Raúl Alfonsín  triunfó sobre un peronismo  que  la mayoría del país  creía invencible, una porción del partido derrotado se encerró en  la oposición intransigente y facciosa  mientras  otra –la fracción renovadora-   procuró reconciliarse con la opinión pública  y acompañar al nuevo gobierno compitiendo  con él en términos  constructivos. En poco tiempo  los renovadores  consiguieron lo que se habían propuesto y tomaron el control del partido a tal punto que  la interna  de 1988 se  dirimió entre dos  líderes de la renovación: Antonio Cafiero y Carlos Menem.
 
Esos hechos están en la memoria del peronismo y por esa razón, más allá del activismo intenso  del  kirchnerismo  nostálgico, la situación  se desliza  hacia el costado de los peronistas más reflexivos  y estratégicos, que tienden a una convergencia, sea que  sigan perteneciendo  al  PJ “oficial”  o que hayan tomado distancia de él  ( basta observar las conversaciones de Sergio Massa con Juan Manuel Urtubey y  Diego Bossio; las de estos con los líderes del peronismo sanjuanino o santafesino o los movimientos de un referente experimentado  como  Miguel Angel Pichetto ).  Se va constituyendo  “el  otro polo” del consenso, el  del competidor  constructivo.
 
Es probable que  la expectativa que el gobierno  deposita en estos movimientos  dispare  reacciones  de despecho en filas más cercanas, inquietas por  la pérdida de peso relativo que  les inflige  la  búsqueda de consenso con  los adversarios electorales, por  las concesiones  o negociaciones  que impone el hecho de que  la victoria electoral  haya sido impactante pero muy  ajustada  tanto en  votos como en  bancas obtenidas, por reparos principistas o por  atavismos revanchistas.  No es imposible que Macri encuentre  sus propias líneas de falla internas.  Hay intransigencia  e intolerancia en muchas partes,  inducidas  por la actitud defensiva de exhibir capacidad de daño e  incluso guiadas por las mejores intenciones.
 
Debería prevalecer la cultura del encuentro. Y la búsqueda de un sentido común, un sentido del bien común, de la vida en común.  Lo que está en juego es la gobernabilidad, la paz interior, la reconstrucción del Estado y la victoria sobre  la decadencia, la anarquía y el crimen.
Tags: Crisis de sentido y reconstrucción del EstadoJorge RaventosOpinión
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