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Eleccion presidencial:¿definicion por penales?

Redacción TN by Redacción TN
4 octubre, 2015
in Jorge Raventos
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…  en  cadenas  nacionales y en  canales y radios  estatales o paragubernamentales), los discursos tienden a hacerse más filosos, cada  aspirante raspa la olla para rescatar votantes que serán decisivos a la hora del escrutinio.
 
La brújula  de Cambiemos
 
Mauricio Macri, en vísperas de reunir a sus tribus porteñas para insuflarles voluntad de pelea, recorrió el norte del país, que le fue esquivo en las primarias.
 
En diez provincias septentrionales se dirime  una quinta parte del  total de la elección (casi un 20 por ciento del padrón). En las PASO, la coalición que lidera Macri , apenas obtuvo  unas centésimas por encima de  los 4 puntos: ese fue el magro aporte  norteño a los 30 puntos que Cambiemos consiguió en el total nacional.
 
De hecho, en ninguna de esas 10 provincias (Jujuy, Salta, Tucumán, Santiago del Estero,  Catamarca, La Rioja, Formosa, Misiones, Chaco  y Corrientes) la coalición no-peronista consiguió superar su media nacional (a diferencia de la UNA, de Sergio Massa y José Manuel   de la Sota, que  mejoró en 7 y 9 puntos su performance nacional en las provincias de Jujuy y Salta; y por cierto, del  oficialismo que encarna Daniel Scioli, que  en todos aquellos diez distritos  sobrepasó la marca nacional de 38,4 por ciento. Y en varios casos,  largamente).
 
Es razonable que Macri procure reforzar su  acción en el  electorado  del norte del país. Menos comprensible parece cuando pone el acento en disputar  el también escaso capital de UNA en la región (tres puntos y medios del total de votantes del país), en lugar de  pelear por  parte del caudal que atesoró Scioli (12 puntos del padrón nacional). O cuando sus escuderos convierten a Massa en  el  enemigo a vencer.
 
Según los estudios demoscópicos, sólo 1 de cada 5 votantes  sostiene la continuidad  del modelo kirchnerista mientras uno de cada tres quiere cambiarlo totalmente.  Traducido en votos, el primer grupo presumiblemente es el  electorado  cautivo  del oficialismo, mientras el segundo se distribuye entre  Macri, Massa y,  en menor medida, Margarita Stolbizer.  Ahora bien, alrededor de cinco de cada diez  se pronuncian por una combinación de continuidad y cambio. Dudan sobre la proporción de cada ingrediente aunque la mayoría está principalmente hastiada del estilo intolerante del sistema K. Están abiertos a oír propuestas y argumentos y  a analizar quién les ofrece mayores dosis de confiabilidad para la próxima etapa.
 
Con  su 38,5 por ciento en las PASO, Scioli  evidencia que consiguió penetrar en ese amplio campo central del electorado en mayor proporción relativa  que sus competidores, aunque en  una cuota aún insuficiente para asegurarse el triunfo  directo en primera vuelta en las presidenciales de octubre.
 
Parecería plausible que Macri, el segundo en las primarias , saliera a pescar en ese  mar en el que Scioli  procura capturar el pequeño porcentaje que  le falta para traspasar el 40 por ciento (primera condición para evitarse la segunda vuelta; la otra es  sacarle al menos diez puntos de ventajas a su inmediato perseguidor). Cada  voto que uno u otro consiga en ese universo de votantes que vacila entre la continuidad y el cambio vale por  dos: uno  que se suma y otro que se le resta al adversario.
  
Por ahora, según los estudios, ha sido Sergio Massa, corriendo desde atrás como un “tapado”, el que ha avanzado sobre ese océano de votantes potenciales, pescando de lo que podría ir a Scioli y también de lo que Cambiemos deja caer de sus redes  con sus vacilaciones.
 
El dilema de Scioli
 
 Lo han señalado muchos y reiteradamente: la pesada losa del cristinismo le complica mucho a Daniel Scioli  establecer un puente de confianza con  el  electorado no afecto al kirchnerismo (aunque más no sea, con el pequeño porcentaje de  ese sector que él  necesita sumar).
 
Presenta una zona vulnerable a la que, obviamente, le apuntan sus adversarios: a raíz de su decisión de no participar en el debate de candidatos de este  domingo 4, debió soportar  que  lo  acusaran de no ir  “porque Cristina no lo deja”.  Una manera de adjudicarle extrema  dependencia de la Casa Rosada.
 
Ahora bien, Scioli tiene que sumar  esos votos “independientes”   sin perder  su caudal electoral  de base, ese  38 por ciento que exhibió en las primarias. Una parte no despreciable de ese  conglomerado  adhiere al  cristinismo por razones ideológicas o se siente atado a él porque considera muy (o, al menos, algo) positiva  la etapa identificada con el apellido Kirschner.
  
El gobernador  parecía tener  conseguida y afirmada la categoría que lo colocaba en situación de ser  reticentemente admitido por el fundamentalismo kirchnerista y al mismo tiempo aparecer ante  el no kirchnerismo como un híbrido, diferenciado  del mundo y el estilo K y hasta una víctima más de ese “modelo”del que es parte.  La expectativa generalizada  residía en que,  pasadas las primarias, consolidada su candidatura y camino a la fecha de las definiciones,  esas diferencias  serían subrayadas por el candidato.
 
Más bien  por el contrario, lo que se  observa  es una ofensiva  de la Casa Rosada y sus sectores afines destinada a  mostrar que  las decisiones  principales se toman  (y se seguirán tomando) en el círculo que rodea a la señora de Kirchner.  La Presidente se apresta a destacarse en la marquesina,  ubicándose  como “gran estrella  invitada” de la campaña  de Scioli.
 
La oficialista jefa de las abuelas de Plaza de Mayo, simuló elogiar al candidato presidencial  diciendo que sería “un buen presidente de transición”, es decir: apenas un puente inevitable para  permitir el retorno de  la señora de Kirchner  cuatro años más tarde. Ni  el candidato ni los gobernadores peronistas  en los que busca respaldo  salieron a objetar el diagnóstico de la señora de Carlotto.
 
Sin duda Scioli se encuentra ante un dilema. ¿Puede ganar  si se diferencia  del cristinismo? ¿Puede ganar si no se diferencia?
 
Seguramente en su memoria pesan dos ejemplos que lo inducen a la cautela. El primero es de Al  Gore, aquel vicepresidente de Bill Clinton que quiso ser presidente  en la elección del año 2000 y terminó cayendo (controvertidamente) ante el republicano George W. Bush. A esa derrota contribuyó el hecho de que Gore despreció a Clinton durante su campaña, evitó hacer actos junto al Presidente, lo mencionó  apenas  y  prohibió que hiciera campaña por su cuenta. El Clinton que se retiraba no era ya el  que había sido duramente cuestionado por el affaire Lewinsky, sino un jefe de estado que –quizás porque concluía su ciclo- mantenía altas marcas de imagen positiva. Bush aprovechó la grieta en el partido de gobierno.
 
 Algo comparable ocurrió  en Argentina en la elección de 1999: Eduardo Duhalde, gobernador bonaerense,   aparecía como  un fuerte opositor del presidente Carlos Menem.  La atmósfera de fin de ciclo que se vivía, reforzada por las divergencias entre el candidato oficialista y el Presidente que terminaba mandato, determinaron la derrota de Duhalde sin necesidad de segunda vuelta.
 
Con esos  ejemplos en  la memoria, el dilema de  Scioli se ha hace más  acuciante. Las  primarias  mostraron un piso alto del oficialismo, pero un techo  quizás idéntico al piso. Con la fuerza propia no parece bastar, se requiere un poquito más. ¿Puede conseguirse sin  correr los riesgos de diferenciarse? Scioli podría hacerlo sin necesidad de  ser negativo o agresivo  con el ciclo K. De hecho, lo intenta a través de gestos y de voceros como Miguel Bein, Miguel Blejer o Gustavo Marangoni, o de gobernadores como el salteño Juan Manuel Urtubey, que esta semana desplegó ideas  para el próximo ciclo en Estados Unidos. La susceptibilidad del círculo presidencial  olfatea  esos gestos y  con sus respuestas suele  magnificar  la distancia.
 
Mauricio Macri, escolta  en las primarias, podría beneficiarse de las dificultades de Scioli. Parece más preocupado  en pelear para afirmar su segundo puesto frente al  empuje  de Sergio Massa, que  avanza con energía en la recta final con la esperanza de prenderse en un ballotage, si llega a haberlo.
 
 Si bien se mira, que  haya o no segunda vuelta depende principalmente de Scioli.  Pero también de ese  vasto sector del electorado que  por unas semanas más deshojará la margarita entre el cambio a secas, la continuidad y el “cambio justo”.
 
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