La Argentina está asomada a ese doble paisaje por derecho propio. Arrastra
una deuda que había decidido ignorar (hasta omitirla en su contabilidad) y
que una sucesión de fallos de la justicia de Estados Unidos le recordó
amargamente que allí permanece, ha crecido y debe ser pagada. “no hay plazo
que no se cumpla ni deuda que no se pague”.
Esa negación de la deuda, que en algún momento estuvo justificada por las
circunstancias, la necesidad y hasta la virtud de una negociación que
atrajo a una porción marcadamente significativa de los tenedores de bonos
(pero luego se extendió negligentemente hasta desperdiciar la oportunidad
de rescatarla a muy bajo costo, como hicieron, en rigor, los llamados
fondos buitres), hacía juego con una política de sostenido aislamiento
internacional que se reflejaba asimismo en el apartamiento del FMI , el no
pago de los juicios perdidos en el marco del CIADI, la extendida morosidad
ante el Club de París, la confiscación de las acciones de Repsol en YPF, en
fin, en una atmósfera erizada de arbitrariedades y regulaciones capciosas
que espantaba a la inversión extranjera y hasta producía rozamientos con
los países vecinos.
El gobierno comenzó a corregir ese rumbo cuando se vio forzado por una
sangría constante de reservas que fracasó en contener a través del control
de cambios y de las importaciones. Había que volver al mundo y aprovechar
la extraordinaria oferta de financiamiento barato que los mercados ponían a
disposición sobre todo de las economías emergentes.
Para acceder había que borrar con el codo lo que se había escrito y
relatado: había que indemnizar a Repsol, convocar a Chevron y otros
inversores extranjeros para fortalecer a YPF, pagar en el CIADI, cumplir
con el Club de París, normalizar el INDEC para mejorar un poco el vínculo
con el FMI y –punto decisivo- arreglar con los holdouts, que ya estaban
respaldados por dos fallos favorables de la Justicia de Estados Unidos.
Ese cambio de rumbo ponía al país en situación de transición hacia la etapa
que se abrirá en diciembre de 2015, al finalizar ineludiblemente el ciclo K
y le permitía al gobierno abrir la canilla de los recursos externos para
aceitar esa transición mientras cumplía con algunos ajustes indispensables
destinados, por ejemplo, a frenar la inflación.
Dos meses atrás, en un simposio del que participaron varios economistas de
prestigio, uno de ellos, Ricardo Arriazu, señaló que estas últimas
correcciones sólo serían abordadas ” si no se consigue la plata; si viene
plata, no lo intentarán. De eso dependerá la economía en el segundo
semestre.”
Que “viniera o no viniera” plata –estaba sobreentendido- dependía de que se
resolviera la gran asignatura pendiente: el tema de los holdouts.
En rigor, (casi) todo el mundo se inclinaba por pensar que el asunto estaba
en vías de solucionarse..
Pero la Corte Suprema de Estados Unidos se abstuvo de intervenir, y el
curso de los acontecimientos sufrió otro giro.
Los mercados apostaban a que habría arreglo. Si Argentina había cumplido
con la mayor parte de la hoja de ruta que la devolvía a los mercados
financieros, ¿por qué iba a abstenerse de hacerlo en la última prueba?
Pero el arreglo no llegó en los tiempos previstos, en el medio naufragó
una negociación paralela timoneada por bancos nacionales y se abrió una
disputa semántica acerca de si Argentina había o no caído en default.
*La pavada atómica y el fin de ciclo como virtud*
Habría que coincidir con Kicillof, que comentó que “si la decisión fuera
tan grave, el precio de los bonos se habría destruido.” O con el titular
de la Comisión Nacional de Valores , Alejandro Vanoli, cuando señaló que
“el propio mercado está diciendo que no hay default”, en referencia a la
conducta que mostraron los precios de los bonos argentinos pese a que la
agencias calificadoras lo decretaron. El bono discount, el más afectado por
las tratativas, sólo cayó 5 puntos. Nada catastrófico.
Si bien se mira, lo que eso revela es que los mercados saben que la
Argentina no se encuentra en esta situación por insolvencia (como sí
ocurrió en 2001-2002), sino por decisión de un gobierno que tiene fecha de
vencimiento. Y que cualquiera sea el presidente que lo suceda, de entre los
que ya pintan para serlo, esa decisión será revertida.
Por eso los bonos argentinos siguen siendo atractivos y no se han
derrumbado. Porque los inversores observan que este es un default de otra
naturaleza. Una “pavada atómica”, para seguir coincidiendo con el ministro
de Economía.
En ese sentido, Argentina está asomada al futuro. A lo que viene después de
este modelo: el mundo conoce las riquezas y potencialidades que tiene la
Argentina y que la próxima apertura de un nuevo ciclo político las
valoriza. Las empresas, fondos de inversión y bancos que están trabajando
para facilitar al país la salida de esta dificultad autoinfligida tratan de
que el futuro no se retrase.
Por eso,la salida de este particular default-no default es una cuestión de
tiempo. De *semanas* (si prosperan las negociaciones que llevan adelante
estos inversores con los holdouts para comprarles la deuda y habilitar una
cautelar del juez Griesa); de *meses*,si se trata de retomar positivamente
las negociaciones a partir de la caducidad de la ya famosa cláusula RUFO,
es decir, desde enero del año próximo; o, en el peor de los casos, de *un
año y monedas*: hasta que este gobierno sea reemplazado por el próximo.
Pero, aunque “la vida sigue andando”, estos tiempos inciden sobre la
transición.
Ricardo Arriazu advertía que las correcciones que requiere la economía
argentina (para revertir la inflación, para no obstruir la producción) sólo
serían abordadas “si no se consigue la plata”.
Ahora se sabe que, a corto plazo, del exterior la plata no vendrá, razón
por la cual el gobierno ha decidido fabricarla: acaba de disponer una
ampliación del presupuesto por 199.045 millones de pesos, por Decreto de
Necesidad y Urgencia, incrementando así el déficit financiero del año en
más de 130.000 millones de pesos, de acuerdo con la evaluación de la
Asociación Argentina de Presupuesto y Administración Financiera Pública
(ASAP).
Un gobierno que está sometiendo a un ajuste al sector privado y se abstiene
de hacer su propio ajuste, puede surfear cuestiones vinculadas con el gasto
interno vía inflación.
Pero el gobierno no emite dólares: las restricciones a las importaciones y,
en general, a la demanda de dólares presionarán negativamente sobre la
actividad económica, sobre la brecha cambiaria o sobre los precios (si esa
brecha se acorta por vía devaluatoria), sobre el empleo…Ya está ocurriendo…
El gobierno podría haber obtenido financiamiento externo barato. Ahora,
mientras no estén claro los plazos en que se resolverá la pulseada con los
holdouts, la presión se ejercerá hacia adentro: rascando la olla del ANSES,
incrementando la presión fiscal (lo que será más difícil en medio de un
proceso de retracción económica), postergando los reclamos sobre el
impuesto a las ganancias que formulan las centrales obreras.
El “no default” tiene consecuencias: promete una transición más agitada que
la ya prevista. Determina una paulatina erosión en el poder.
*Inflación de gestos y caída de las reservas de autoridad*
Con la ilusión de retardar ese proceso, la Casa Rosada también apela a la
inflación: hay un sobregiro de gestos que pretenden demostrar que el poder
presidencial sigue bien vigente. El riesgo que corre es que se ponga de
manifiesto que esa emisión carece de respaldo porque empieza a darse una
fuga de reservas de autoridad.
Puede entenderse el entusiasmo kirchnerista cuando, después de meses de
sequía, las encuestas muestran unos puntos de mejora en la imagen de la
Presidente, atribuibles a la vocinglería antibuitres. Pero, ¿era preciso
intentar el torpe paso de un enfrentamiento imposible con Estados Unidos en
la Corte Internacional de la Haya? Alcanzó una rápida declaración del
Departamento de Estado para devaluar totalmente ese ademán.
En el plano doméstico, la Presidente decidió sostener a su vicepresidente
favorito en vísperas de que sobre la cabeza de éste recayera un segundo
procesamiento. La señora decidió primero exhibir a Boudou en la Casa Rosada
(y sentarlo al lado del remiso ministro Florencio Randazzo, que suele
negarle el saludo), de inmediato le impuso a sus senadores la presencia de
Boudou presidiendo la sesión de la Cámara Alta, cuando todos suspiraban de
alivio suponiendo que a esa hora estaría volando a Colombia. Es cierto:
Randazzo y otros contertulios de Boudou no se retiraron indignados, los
senadores se quedaron en la Cámara, todos obedecieron a la Señora. Pero esa
obediencia achica una affectio societatis oficialista ya suficientemente
jibarizada. Así como es difícil que la oposición pueda reiterar a corto
plazo el gesto de protesta de abandonar el recinto en protesta por la
presencia de Boudou, las exhibiciones de poder de la Presidente sobre
ministros y senadores cada vez más reticentes irán escaseando o se
encontrarán pronto con la pared de la desobediencia.
El “no default” tiene consecuencias. El final de ciclo también.