Ese “amplísimo triunfo” obligará ahora a los propagandistas de la Casa Rosada a rectificar una cifra del lema con el que hasta ayer pretendían legitimar todos los actos del gobierno: ya no son más “el 54 por ciento”. La elección demostró que el oficialismo se ha encogido a alrededor del 30 por ciento.
Eso, si sólo se piensa en números. En términos estratégicos el balance hace dudar más, si cabe, sobre la plausibilidad del término victoria. El oficialismo fue derrotado en todos los grandes distritos, empezando por la vital provincia de Buenos Aires, donde Sergio Massa, con una fuerza alumbrada apenas un mes y medio atrás, le ganó sin usar la fusta. Perdió, como era previsible, en la ciudad de Buenos Aires, en Santa Fé, en Córdoba y también en Mendoza, donde Julio Cobos le sacó varios cuerpos al candidato de los gobiernos local y central. Pero también perdió en la Patagonia: en la propia matriz del kirchnerismo (Santa Cruz), en Río Negro, donde Mario Das Neves noqueó al ministro de Agricultura de la señora de Kirchner, Norberto Yahuar, y en Neuquén, donde el sindicalista petrolero Guillermo Pereyra, un opositor a los acuerdos firmados entre YPF y Chevron, derrotaba a la candidata del gobernador Jorge Sapag, un aliado de la Casa Rosada. Agréguense los sustos y reveses sufridos en Tucumán, La Rioja, Catamarca-
El repliegue oficialista se observa inclusive si se estudia con atención su propio frente interno. El repunte de la lista de diputados bonaerenses que encabezó Martín Insaurralde (que anoche, durante algunos minutos, hizo soñar con un empate a las usinas K) se debió, sobre todo, al esfuerzo del gobernador Daniel Scioli, un hombre que íntimamente es rechazado por el kirchnerismo puro y duro. Insaurralde ingresó a la competencia como un desconocido para la enorme mayoría de los bonaerenses. Alcanzó mayor fama merced a la foto que la Presidente le robó al Papa Francisco, donde el intendente de Lomas se dejó retratar para los afiches de campaña.
Pero, sobre todo, el que se puso sobre los hombros al candidato durante la campaña y lo avaló con su resistente imagen pública positiva (sólo menor a la de Sergio Massa, pero muy superior a la de la señora de Kirchner) fue Scioli. Traducido:: el proyecto K no sólo fue derrotado en ,las PASO por Massa y sus renovadores y por la densa red plural de las fuerzas opositoras, sino que en el plano de lo que queda de la coalición oficialista que en su momento armó Néstor Kirchner, la figura que queda mejor ubicada es el vituperado gobernador bonaerense. La provincia de Buenos Aires deja en pie dos presidenciables. Otros triunfadores – Binner, De la Sota, Macri, Urtubey, el oficialista entrerriano Uribarri, Julio Cobos, que hizo ganar al radicalismo desde fuera de posiciones de gobierno en su provincia- también acarician con sus títulos de hoy ilusiones mayores. Empieza otra película.
Porque, en fin, detalle ineludible de la “amplísima victoria” que vocean los correveidiles dee poder,: la gran derrotada de esta jornada es la Presidente. Es normal que eso ocurra: el esquema ultracentralista del populismo K deposita sobre los hombros de la jefatura máxima todos los triunfos (reales o imaginarios)…pero también todos los reveses . Con las cifras que estas primarias proyectan sobre las urnas de octubre (donde el paisaje puede ser aún más desalentador para el gobierno central) queda sepultada la quimera de la re-reelección de la señora de Kirchner y se dibuja un cambio dramático en la relación de fuerzas, que seguramente se sentirá también en el seno de la coalición oficialista. Tiempos difíciles para quienes no acostumbran oír otras voces que las propias. Pero estimulantes para la reconstrucción de una Argentina pujante y plural.
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