Primero, el paso por la asamblea general de la ONU deparó el anuncio de una negociación con el gobierno iraní referida a un hecho (atentado AMIA) sobre el que ya hay pronunciamiento de la justicia argentina y un pedido de captura internacional de funcionarios actuales y pretéritos del régimen de la República Islámica.
Argentina oficializó así un marcado giro y, de paso, confirmó informaciones que oportunamente había desmentido sobre contactos previos del canciller Héctor Timerman con voceros del presidente Mahmoud Ahmadinejad. La novedad provocó escepticismo e inquietud y sumó al creciente aislamiento internacional del gobierno el lastre que representa la intolerante conducta iraní y las sospechas sobre el curso armamentístico de su desarrollo nuclear.
De la ONU a Harvard
La Presidente también usó la tribuna de Naciones Unidas para polemizar con Christine Lagarde, la directora general del FMI. Probablemente Lagarde había abusado de la metáfora al prometer una futbolística tarjeta roja a la Argentina por el incumplimiento de los compromisos sobre la veracidad de sus estadísticas, pero la señora de Kirchner no estuvo más apegada al protocolo cuando comparó (sarcástica y desfavorablemente) al FMI con la FIFA en un ámbito –la Asamblea General- que no era el pertinente para esa discusión. Más allá de los recíprocos golpes por debajo del cinturón, de las formalidades y de las apelaciones escénicas al patriotismo, resta lo esencial: ¿son o no falsas las estadísticas que produce el INDEC? ¿Se comprometió o no la Presidente en el G20 a proveer de buena información al FMI, que opera como super auditor de ese foro de países? La respuesta al segundo interrogante está en un acta del G20. En cuanto a la demanda sobre las cifras del INDEC, la señora de Kirchner ofrecería su respuesta, ya fuera de la ONU, al ser interrogada por alumnos de la Universidad de Georgetown: para ella las estadísticas oficiales son “científicas y profesionales”. Y muy probablemente las de países como Estados Unidos son falsas (“”¿Realmente ustedes creen que la inflación es de un dos por ciento en su país?”, les preguntó a los jóvenes estudiantes de Georgetown.
De Harvard a La Matanza
El paso por las universidades provocó desconcierto, amargura y disgusto en la Presidente. El embajador Jorge Argüello había trabajado intensamente para ofrecerle a la Señora esos dos escenarios académicos que ambicionaba. Quizás no la anoticiaron adecuadamente, sin embargo, de cuáles son las reglas de juego en ese ambiente: los estudiantes preguntan con franqueza y frontalidad, con amplia libertad. Ella no está acostumbrada ni a esa dinámica ni a ese tono y no respondió ni bien ni verazmente a las preguntas de los jóvenes; lo hizo, como observó agudamente Beatriz Sarlo, con condescendencia, sarcasmo, falso acercamiento y paternalismo y ganada por “la idea de una conspiración, la alocada hipótesis de que había periodistas argentinos sugiriendo preguntas a los estudiantes”. El sociólogo Eduardo Fidanza anotó otro rasgo de la señora de Kirchner que siempre estuvo presente pero que la última performance estadounidense exhibió sin maquillaje alguno: “La visión presidencial del mundo contiene una simplificación atroz de la realidad: una reducción prejuiciosa de lo complejo a lo simple, de lo plural a lo único”.
La difusión y reproducción de las respuestas presidenciales produjo reacciones no sólo entre quienes las escucharon en vivo, sino entre quienes en la Argentina las registraron por la televisión o los diarios. Muchas de sus contestaciones no pasan el examen de un testigo cotidiano. Algunas revelaron indirectamente su alteración: ¿necesitaba, acaso, colocar a La Matanza como la antípoda devaluada de Harvard? Al hacerlo exhibía simultáneamente una escala íntima de valores y la amarga decepción de sentirse rechazada en un espacio que respeta y cuya aprobación buscaba, pero también exponía un inoportuno desdén por un distrito bonaerense del que necesitará mucho a la hora de las urnas.
¿Quién le teme a la clase media?
Si bien se mira, los tropiezos que experimentó la Presidente en las universidades estadounidenses están íntimamente relacionadas con su borrascosa relación actual con las clases medias. Lejos de los recientes cacerolazos, en Washington y en Massachussets, la señora vino a encontrarse con muchachos argentinos que estudian en prestigiosos establecimientos del exterior que le plantean las mismas cuestiones, las mismas quejas.
Desde los inicios del ciclo kirchnerista, el gobierno mantuvo una relación cambiante con la clase media. El primer reflejo político de los Kirchner en 2003, después de acceder a la presidencia con el 22 por ciento de los votos y merced a un walk over facilitado por la renuncia de Carlos Menem, fue tomar distancia del peronismo y forjarse una plataforma propia de poder apoyada en la opinión pública (la clase media de los grandes centros urbanos y el respaldo de los medios de comunicación). Durante un tiempo el mecanismo funcionó: el partido justicialista fue anestesiado después del Congreso de Parque Norte de fines de marzo de 2004 y el gobierno se inclinó hacia la llamada “transversalidad”, procurando ocupar un espacio de centroizquierda. Pero ya en 2006 la clase media tomaba distancia (Juan Carlos Blumberg movilizaba decenas de miles de personas en reclamo de seguridad y las ciudades misioneras sepultaron el experimento de reelección indefinida del gobernador Rovira, auspiciado como prueba piloto por el gobierno central). En los comicios presidenciales de 2007 la señora de Kirchner perdió en todas las ciudades grandes y medianas del país; el kirchnerismo pudo retener la presidencia ese año gracias al voto peronista del conurbano y al voto del campo. En 2008 se produciría el divorcio con el campo.
La película del peronismo
El problema que tiene el gobierno actualmente es que enfrenta la creciente movilización de las clases medias y simultáneamente experimenta el paulatino alejamiento del peronismo. El oficialismo se aísla y atrinchera tras una nueva sigla, UYO (sin hache, vale por Unidos y Organizados), donde sobreviven restos de experimentos transversales, algunas organizaciones piqueteras y las colaterales subsidiadas de estructuras de gobierno (como Kolina, la organización que responde a la ministra de Acción Social, Alicia Kirchner).
El peronismo parece despertar del letargo que inició en marzo de 2004, en aquel Congreso en el cual José Manuel De la Sota reclamó que cuando se hablaba de derechos humanos se reclamara por el asesinato de José Ignacio Rucci y en el que Cristina Kirchner fue abucheada (manifestó reparos sobre el peronismo que, aunque pronunciados en voz baja, fueron captados por los grabadores); antes había cruzado espadas con Chiche Duhalde (“discusiones de alta peluquería”, según el Aníbal Fernández de aquella época).
La película del peronismo parece ponerse en movimiento casi desde el mismo punto. La última semana José Manuel De la Sota acompañó a la familia de José Rucci y a las organizaciones sindicales que siguen a Hugo Moyano, Gerónimo Venegas y Luis Barrionuevo en el reclamo de justicia por aquel crimen todavía impune de 1973. Ese acto exhibió un amplio arco del peronismo no kirchnerista que empuja hacia una expresión unificada. Hacia “la recuperación del movimiento”, como suele reclamar Moyano, que calificó al Partido Justicialista como “una cáscara vacía” (curiosamente la misma frase que había usado Chiche Duhalde en aquel congreso de 2004).
El ascendente protagonismo de De la Sota tiene repercusiones: desde La Plata, la proclamada presidente (no asumida aún) del peronismo bonaerense recordó esta semana que el PJ de la provincia ((“si Cristina no va por la reelección”, obvia frase ritual) apoyará la candidatura de Daniel Scioli. El sciolismo no quiere que esa idea decaiga. Pese a (o por) lo cual, los líderes de la agrupación sciolista La Juan Domingo también estuvieron en el acto por Rucci que, simbólicamente, aportó a la capitalización de De la Sota.
La otra clase media
Con la movilización del peronismo no kirchnerista adquiere relieve el papel del movimiento obrero. Como en otras ocasiones, el peronismo político puede recostarse sobre la estructura y capacidad de movilización de los sindicatos.
En la sociedad argentina de la actualidad, los sindicatos congregan a un sector de la clase media: los trabajadores en blanco integran, por ingresos y por otros indicadores (acceso a educación y servicios), segmentos de la clase media, en algunos casos ubicados económicamente por encima de estratos de las clases medias tradicionales (las constituidas por comerciantes, profesionales, artesanos, etc).
A diferencia de las clásicas clases medias clásicas, los trabajadores en blanco cuentan con una cultura organizativa que les permite defender mejor sus conquistas. Pero las reivindicaciones de ambos sectores tienden en muchos casos a converger: las consignas de Moyano referidas al impuesto a las ganancias y a la voracidad del Estado central son una demostración.
El gobierno se encuentra ahora ante una muralla formada por los dos flancos de la clase media (habría que sumar a la clase media rural) que ganan simultáneamente la calle.
La alteración de la Presidente en Harvard es comprensible: aun allí se encontró con el espectro que trata de evitar en la Argentina.
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