Más allá de que desde la década del ’70 ya estaba probado que una mujer podía ser presidente (lo fue la tercera esposa de Juan Perón), seguro que a varios de sus fans se les habrá ocurrido un listado distinto y acaso más imaginativo.
Más importantes que las palabras, sin embargo, fueron los silencios y el acto en sí mismo: los cuadros políticos y gremiales del justicialismo – mudos e imperceptibles- quedaron eclipsados por los contingentes de La Cámpora y de las organizaciones sociales que movilizaron para festejar una nueva era: la del cristinismo.
Más lejos del peronismo
No debería ser una sorpresa. Un año atrás, en una nota titulada “El cristinismo, etapa superior del kirchnerismo”, señalamos lo que se venía: “La señora de Kirchner está intentando reemplazar el poder que ostentaba su difunto esposo en las propias filas del Frente para la Victoria. Ella está buscando consolidar el cristinismo, una construcción que se pretende recortada y más disciplinada e ideológica que el conglomerado que Néstor Kirchner había puesto en caja; de Kirchner quedaría el culto (a El) y la referencia mitológica constante”. Agregábamos: “la Señora consolida su poder sobre el sector que la respalda, y, si se quiere, homogeneiza su ejército, pero quizás paga el precio de un mayor aislamiento”.
Resulta evidente que las legiones cristinistas –las que ella prefiere y favorece- están reclutadas principalmente fuera de la tradición peronista. Ni Amado Boudou ni Axel Kiciloff, para citar sólo dos estrellas emblemáticas de la nueva era, tienen esa geneaología: uno, un exliberal de Alvaro Alsogaray; el otro, un sedicente marxista de pasillo universitario, ninguno de ambos tiene capital político en el peronismo y los dos están en los altos cargos que ostentan sólo porque son protegidos de la Señora.
Aunque ella siempre fue reticente en relación con el peronismo (particularmente con la figura de Juan Perón), y reserva sus invocaciones a ciertos actos inevitables y a las épocas electorales, quizás la nueva era se distinga por una toma de distancia más explícita del movimiento desde el cual Néstor Kirchner juntó los primeros porotos de su fortuna política. En el terreno de las ideas, uno de los ideólogos más próximos al oficialismo, José Pablo Feinmann, apunta ya contra el eje del pensamiento filosófico de Perón –el texto “La Comunidad Organizada”—al que acaba de definir en una conferencia como un “fárrago pseudofilosófico ante el que se posternaba en los setenta el peronismo mogólico”. Más allá del uso hiriente y discriminatorio de la palabra mogólico el ataque de Feinmann contra el libro que Perón caracterizó siempre como el texto fundamental para la comprensión de la doctrina justicialista constituye un blanqueo del distanciamiento con el que el ala intelectual del oficialismo se posiciona ante el peronismo. El acto de Vélez, con su retórica de gestos y silencios marcha en esa misma dirección.
La épica petrolera y la opinión pública
El gobierno y sus seguidores militantes consideran que pueden revitalizar el “relato” y la iniciativa que han venido perdiendo desde (y a pesar de) el imponente 54 por ciento que cosechó la señora en las urnas de octubre. Así, se han aferrado a la bandera épica de lo que podría llamarse “el nacionalismo petrolero” a raíz de la confiscación de las acciones de YPF que estaban en manos de Repsol.
En rigor, conviene no confundir consignismo y modales bruscos con épica nacionalista. La argentinidad de los recursos no necesitaba ninguna medida de este tipo, pues ya estaba garantizada por la Constitución, que reconoce sobre ellos los derechos de las provincias. En cuanto a la medida, sólo toca a una compañía que representa un tercio de la producción nacional de combustibles y, de hecho, la que (según los datos oficiales) proporcionalmente más había invertido y producido en los últimos años Para colmo el Estado –con la intervención y la confiscación decretadas- se autopropone para resolver problemas y pecados (por caso, el reparto excesivo de beneficios y su repatriación) que no sólo no impidió pudiendo hacerlo (a través de su participación en el directorio de YPF y de otros mecanismos legales existentes), sino que planificó, alentó y avaló expresamente (basta leer discursos del actual interventor Julio De Vido, el representante del Ejecutivo en el directorio de YPF, Roberto Baratta y la propia Señora Presidente, que sólo cambiaron rotundamente su guión apologético en los últimos tres meses).
El fervor “nacionalista petrolero” del gobierno cuenta, según las encuestas con un importante respaldo de opinión pública. Menor que el que el oficialismo esperaba, pero igualmente significativo. Esas cifras pueden parecerse a cantos de sirenas “que enloquecen la brújula”. Baste recordar que el default votado por aclamación en el Congreso en 2001 tuvo en un primer momento un respaldo análogo. Después, cuando se experimentaron sus efectos, la opinión cambió.
La medida en sí misma (incluidos los modales usados y la elusión de los pasos que la Constitución dicta para que el Estado ejerza su legítimo derecho a expropiar por motivos de necesidad pública) no mejora el prestigio de la Argentina en el mundo: el riesgo país se incrementa, el acceso al crédito se dificulta. Las provincias que en estos tiempos pensaban colocar bonos para allegar recursos a sus exigidas arcas lo piensan dos veces: los intereses se han vuelto más pesados.
Tampoco está claro si pese a ese aislamiento mayor –acentuado, claro, por las medidas de cierre comercial- el país podrá al menos resolver con estos métodos el problema real de su déficit energético, que demanda cada vez más dólares en exportaciones.
Lo que pensaba Perón
El “nacionalismo petrolero”, contrariamente a lo que algunos imaginan, no forma parte de la tradición doctrinaria peronista. En uno de sus libros más famosos (“La Fuerza es el Derecho de las Bestias”, 1958), Perón tomaba distancia de esa postura y se afirmaba en el realismo. En ese texto, el fundador del peronismo historiaba la cuestión petrolera argentina en estos términos: “La historia del petróleo argentino es simple. Se descubre en Comodoro Rivadavia (Chubut) a principios de este siglo (Perón se refiere al siglo XX, claro está), mientras se hacían perforaciones en busca de agua potable. Sin ninguna legislación en la materia y en la mayor imprevisión gubernativa comienza su exploración libre. Llegan al país numerosas compañías extranjeras que comienzan las explotaciones, obtienen concesiones y se dedican a la prospección y cateo. cuando la explotación está en pleno desarrollo, en medio de la mayor liberalidad se produce en el país una reacción política contra las compañías particulares. El resultado de esta compañía es la Ley de petróleos que instaura la explotación a base de un monopolio del Estado. Así, a la amplia libertad sucede la limitación absoluta. El resultado de esa política está la vista: en cuarenta años Yacimientos Petrolíferos Fiscales ha alcanzado a producir sólo el 40% de las necesidades nacionales en petróleo.”
Concluía Perón: “Yacimientos Petrolíferos Fiscales, que en 40 años sólo ha alcanzado a producir 4 millones de metros cúbicos al año, ¿podrá en 10 años alcanzar a producir 36 millones de metros cúbicos por año? Este es el interrogante a contestar antes de hacer cálculos alegres. Yo creo que YPF no tiene capacidad organizativa ni capacidad técnica, ni capacidad financiera para un esfuerzo de esa naturaleza. Los costos de producción de YPF son absolutamente antieconómicos. Hacer de esto una cuestión de amor propio es peligroso y es estúpido”.
La cita, como es obvio, describe una realidad de hace 60 años.
Pero analizar la realidad actual exige también no convertir el tema en una cuestión de amor propio presuntamente nacionalista, porque, eso sí, tanto entonces como ahora, sería necio y riesgoso. Lo que es evidente es que no puede tomarse a Perón como antecedente de esas posturas. Ayer como hoy la clave está en los hechos no en las consignas ni en las intenciones: de qué forma Argentina consigue las inversiones que necesita para alcanzar el autoabastecimiento y cómo lo hace de modo de desarrollar sus posibilidades e integrarse mejor en el mundo.
Épica y aislamiento
El aislamiento no es buen consejero. El aislamiento por izquierda que proponen los muchachos de La Cámpora quizás termine dañando al gobierno tanto como el que le produce a la Presidente su respaldo inequívoco al vicepresidente Boudou en el affaire Ciccone. Ese respaldo –que Boudou, lógicamente, celebra- se ha llevado puesto a un Procurador –Esteban Righi-, al juez original de la causa (Daniel Rafecas) y quizás (es lo que reclaman Boudou y sus amigos) al fiscal Rívolo, que mantuvo activa la investigación y acopió pruebas de las relaciones entre el vicepresidente y el misterioso e insolvente señor Vanderbrolle, líder del fondo de inversión The Old Fund, que compró la imprenta que ahora producirá papel moneda para los argentinos. Alguien a que el vicepresidente insiste en afirmar que no conoce. Los defensores del “grupo Ciccone-Old Fund” no sólo piden que Rívolo deje la causa, sino también que se declaren nulas las pruebas acumuladas. Semejante uso del poder sobre la Justicia probablemente dañará al gobierno, aunque hoy parezca aventurado conjeturar cuándo. Es probable que, antes o después de que se defina si Rívolo continúa siendo fiscal de la causa, se conozca otro elemento probatorio singular: varias decenas de pasajes que financió Old Fund. Sus beneficiarios tienen apellidos conocidos: Vanderbrolle, Núñez Carmona, Boudou.
Por un desfiladero que recorre dos abismos de aislamiento (el internacional y el de un escepticismo interno que ya erosionó más de treinta puntos en el índice de confianza) el gobierno se esfuerza en construir una fuerza propia, una nueva etapa, un nuevo relato. Se ha iniciado la epopeya del cristinismo.
Jorge Raventos