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Los disímiles significados del silencio

Redacción TN by Redacción TN
19 junio, 2020
in Sociedad
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Recuerdo algunos sigilos de mi infancia. Una prima de mi mamá viajaba de Rosario a Buenos Aires para atenderse con un psicólogo: cargaba con un mal matrimonio pero de eso no

quería hablar en su ciudad. Mi abuelo estaba convencido del espiritismo -y lo conversaba sin temores ni vergüenzas- pero los nietos nos enteramos ya de grandes; el tema nos estuvo vedado antes. Una conocida de mi familia, Susi, tenía un hijo que -ahora lo entiendo- se rumoreaba que era “amanerado”. Jamás se mencionaban las dudas por su nombre pero un día escuché en casa: “Seguro que no tiene nada, es que quiere parecerse a la madre”.

Hoy parecen prohibiciones color sepia, pero seguramente hay otras con tinte contemporáneo. En mi adolescencia lo malo era rendirse ante lo peligroso como las drogas o el sexo (… en las mujeres, en las minorías, en las experiencias no mainstream). Para muchos chicos, ahora, lo malo es decir “no”. La idea es que todo merece probarse, más allá del deseo. Uno y otro dogma me parecen igualmente condenables e impiden que hablemos con libertad de lo que queremos. Callamos, y los silencios condenan al desconcierto. Eso, si hay suerte. Otras veces paralizan el desarrollo afectivo. O impiden recorrer ciertos caminos: al no mencionarlos jamás, se los quita del horizonte y no se los logra transitar.

Hay momentos, sin embargo, en los que el silencio cumple un rol positivo. Sí. A veces -con la familia, con un compañero de trabajo, con un amigo- uno recrimina pequeñeces. No por el hecho en sí, que se olvida con facilidad, sino porque estamos en un mal día. O no, y uno es perfeccionista y cree que todo debe deslizarse con exactitud matemática. Eso tampoco sirve: erosiona, desgasta.

El “Me gustas cuando callas”, de Neruda, tiene una acepción que no es romántica sino de vida. Y hacia uno mismo. Lo reconozco: con esa necesidad de transparencia que a veces siento un mandato, alguna vez provoqué heridas por nimiedades. Me arrepentí, con el tiempo aprendí a pedir disculpas. Y aprendí también que , en lo importante, los silencios horadan. En lo cotidiano, depende. A veces, vale pensarlo dos veces antes de hablar.

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