“Cada ataque es seguido por un contraataque”: la política rusa en ocasiones nos recuerda a la esgrima, y cada una de sus maniobras en los últimos años ha sido percibida mayormente por la sociedad civilizada, no solo como un contrataque, sino como “un acto hostil”.
La conexión causa – efecto del accionar del régimen de Vladimir Putin crean el deseo de quitarle la espada y descalificar al infractor. Pero a la élite política de Rusia no le importa demasiado la opinión de la comunidad internacional sino que, por el contrario, alimentados por su líder, están listos para “jugarse el pellejo” con tal de extender el período de mandato del zar.
Los intentos infructuosos del Kremlin mediante la presión ejercida sobre el presidente bielorruso A. Lukashenko para aceptar unir su país con Rusia, hecho que hubiera permitido a Putin eludir la limitación del mandato presidencial como jefe de un nuevo estado unido, contribuyó a la creación y promoción de la idea de introducir enmiendas constitucionales para “poner a cero” el plazo del mandato del gobierno ruso.
A pesar de la postergación de la cuarentena, Putin está dispuesto a completar el plan para extender su mandato. En lugar de destinar los fondos necesarios para apoyar a sus ciudadanos durante la pandemia, el Kremlin asigna enormes fondos para abogar por la reforma constitucional y la realización de desfiles. Dos eventos de movilización masiva: el voto por las enmiendas a la Constitución de la Federación de Rusia en abril y una lujosa celebración del 75 aniversario del Día de la Victoria en mayo – deberían haber sido un triunfo para el presidente ruso Vladimir Putin y una manera de “forzar” a su electorado a olvidar por un tiempo sus escasos ingresos y el estancamiento del PIB. Ambos “eventos”, sin duda alguna seguirán estando en la órbita del Kremlin en un futuro cercano.
El coronavirus asestó un duro golpe a ese sector de la sociedad que constituye el principal apoyo político al régimen de Putin: los rusos con un pequeño capital social, cuyas oportunidades para cambiar su situación social y económica son extremadamente limitadas. La calificación de Putin está perdiendo su significado sociológico. Reducir la elección a un simple “a favor” o “en contra” de Putin no permitirá a las autoridades comprender el estado de ánimo real en la sociedad, y predecir así su comportamiento. La calificación del zar finalmente se convierte en una institución política, una constante del régimen, casi su último vínculo, que ya no guarda relación alguna con los estados de ánimo reales.
El gobierno y la sociedad rusa se entienden cada vez menos entre ellos, mientras sus prioridades y valores difieren cada vez más. Estos procesos aparecieron ya en 2016-2017, se acrecentaron en 2018 durante la reforma de las pensiones, y en nuestros días se han incrementado por una nueva crisis a gran escala. El Kremlin atribuye las medidas impopulares, a las supuestas acciones irrazonables de ciertos grupos de ciudadanos que hostigaron al resto de la sociedad. Es por ello que el virus fue importado a Rusia por turistas irresponsables, el régimen de autoaislamiento en Moscú se introdujo debido a los amantes de la barbacoa, y las personas en las regiones fueron contagiadas por los moscovitas que llegaron allí en masa.
La mayoría de los ciudadanos rusos se mostraron disconformes con el comunicado de Putin acerca del fin de los “días no laborables” anunciado el 11 de mayo pasado. Algunas personas se indignaron porque las restricciones se levantaron demasiado pronto, cuando el número de casos estaba creciendo rápidamente. Otros opinaron, en cambio, que las restricciones generalmente fueron impuestas en vano, ya que pudieron ser eliminadas en el apogeo de la epidemia. Además, el día que Putin anunció el fin de las restricciones, se registró el mayor número de contagios por coronavirus en Rusia. No es ninguna sorpresa que el índice de aprobación de la actividad de Putin en abril alcanzara un nuevo mínimo histórico (59% según datos del Levada Center).
La recuperación económica de la Federación de Rusia después de la pandemia, según la opinión general de los economistas, seguirá una curva en forma de L en lugar de una en forma de V. Por lo tanto, el índice de aprobación y el poder de Putin podrían entrar también en una existencia en forma de L depresiva.
La crisis actual en Rusia ha demostrado que el poder vertical de Putin puede ayudar a sostener exclusivamente la unidad política del país, pero no la administrativa. Putin entiende que una situación en la que los ciudadanos se vieran privados de trabajo y con falta de recursos conduciría a un verdadero desastre, a una explosión social y que ello destruiría todos sus planes para “restablecer” el poder. Es precisamente por ese motivo que las autoridades rusas anunciaron el final de la pandemia, a pesar de que aún estaba lejos de haber alcanzado su pico y, con anterioridad comunicaran la fecha del plebiscito sobre la Constitución para el 1º de julio (junto con el desfile aplazado), que se llevaría a cabo el 24 de junio.
Rusia se desplaza rápidamente hacia una situación tal, en la que su población podría verse privada definitivamente del derecho a decidir debido al hecho de que el Kremlin simplemente no cuenta con la voluntad política y los recursos para convencer a sus conciudadanos de la efectividad del curso posterior del régimen de Putin. Y podemos aventurar con seguridad que el Kremlin volverá a intentar aumentar la popularidad de Vladimir Putin, no como consecuencia de una recuperación económica, sino como resultado de otro conflicto militar o anexión de una parte del estado vecino.
