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El drama de las familias argentinas que tuvieron hijos en Ucrania por subrogación de vientre y no pueden ir a buscarlos por el coronavirus

Redacción TN by Redacción TN
12 mayo, 2020
in Sociedad
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Tiene los ojos entre grises y azules. Ese gris de los ojos de los bebés que nacieron hace poco y que tiene que terminar de definirse. Un gorrito blanco le cubre

la cabeza, una mano de mujer lo sostiene contra su pecho y los cachetes son una invitación a acariciarlo y hasta la tentación de apretarlos un poco. En su foto de WhatsApp, Flavia muestra a su hijo Manuel. Pero la mujer que lo sostiene contra su pecho no es Flavia: el bebé está en Kiev​ y, por el cierre global de fronteras en medio de la pandemia de coronavirus, ella todavía no lo conoce.

Manuel nació el 30 de marzo en una clínica de Kiev, la capital de Ucrania. “Mi marido y yo estuvimos diez años intentando tener un hijo. El primer año fue de búsqueda natural, después vinieron los tratamientos de baja complejidad y más tarde, los de alta complejidad. Yo perdí dos embarazos, uno de ellos con posibilidad de que fueran mellizos. Fueron años muy frustrantes, de cirugías en los ovarios y en el útero, de poner el cuerpo, de sentirlo invadido, de hormonazos, de sentir culpa por no poder llevar un embarazo a término, de que mi marido sintiera la frustración y la impotencia de no poderme acompañar en ese dolor. Así que en el algún momento nos decidimos por la subrogación de vientre“, dice Flavia a Clarín.

“La verdad es que ya estamos desesperados. Es muy angustiante que pasen los días, las semanas, y no poder encontrarnos con nuestro hijo. Conocerlo, tenerlo con nosotros, traerlo a casa”, explica Flavia, que es trabajadora social.

Y subraya: “Sé de la importancia que tiene el afecto que tiene que recibir un bebé recién nacido, la creación del vínculo desde el primer momento de vida, y me preocupa que nos tenga lejos“. Llora cuando cuenta qué va a ser lo primero que haga cuando lo vea: “Apretarlo, mirarlo. Tenerlo conmigo”.

Flavia y José hicieron una subrogación de vientre en una clínica de Ucrania. Su hijo Manuel ya nació. Ahora ellos piden autorización para poder viajar a conocerlo y traerlo a la Argentina.

Flavia y José hicieron una subrogación de vientre en una clínica de Ucrania. Su hijo Manuel ya nació. Ahora ellos piden autorización para poder viajar a conocerlo y traerlo a la Argentina.

Manuel, el bebé de Flavia y Juan Manuel, en una de las fotos que les enviaron desde la clínica.

Manuel, el bebé de Flavia y Juan Manuel, en una de las fotos que les enviaron desde la clínica.

El cierre de fronteras que el brote global de coronavirus impuso en muchos países del mundo -y también en la Argentina– es un obstáculo hasta ahora inquebrantable para viajar 12.800 kilómetros hasta Kiev, a donde funciona la clínica a la que le contrataron el servicio de vientre subrogado y la nursery en la que Manuel pasa sus primeras semanas. “Recién este lunes recibimos un correo de la Cancillería, ante quienes presentamos un recurso de amparo, con un teléfono para que nuestro abogado se comunique”, dice.

“En total somos 17 familias argentinas que subrogamos a través de la clínica ucraniana Biotexcom y cuyos bebés ya nacieron, pero todavía no pudimos ir a buscar, o van a nacer hasta principios de agosto. Mi hijo, Nacho, nació el 29 de abril: se adelantó, iba a nacer el 12 de mayo. No sé cuándo voy a conocerlo y es difícil, quiero tenerlo conmigo“. Las palabras de Andrea se parecen a las de Flavia. Durante nueve años, ella y quien era su marido -de quien se separó hace algunos meses- intentaron doce tratamientos de fertilidad, de alta y baja complejidad, con estimulación ovárica, con fecundación in vitro y con ovodonación. En esos años, Andrea perdió seis embarazos.

Andrea hizo una subrogación de vientre a través de una clínica en Ucrania. Su hijo, Nacho, nació pero ella no puede viajar a buscarlo por la pandemia de coronavirus. En la imagen, al captura de una de las videollamadas que hizo.

Andrea hizo una subrogación de vientre a través de una clínica en Ucrania. Su hijo, Nacho, nació pero ella no puede viajar a buscarlo por la pandemia de coronavirus. En la imagen, al captura de una de las videollamadas que hizo.

Andrea hizo una subrogación de vientre a través de una clínica en Ucrania. En la imagen, una de las ecografías realizadas a su hijo, Nacho.

Andrea hizo una subrogación de vientre a través de una clínica en Ucrania. En la imagen, una de las ecografías realizadas a su hijo, Nacho.

“Pensamos en la adopción, pero no te daban ninguna certeza sobre el tiempo de espera. También pensamos en adoptar en Rusia, donde te garantizan tener al menos una chance de adoptar en el plazo de dos años, pero en general son adopciones grupales, y no estaba en nuestras posibilidades adoptar dos o tres hermanos. Entonces nos decidimos por la opción de la subrogación en esta clínica ucraniana de la que me enteré investigando en Internet”, describe Andrea.

La subrogación de vientre es un proceso que despierta debates en el seno de los feminismos. Dado que en la mayoría de los casos media un pago a la mujer gestante y a la clínica que intermedia, hay quienes sostienen que es una de las formas de la explotación del cuerpo de las mujeres, especialmente las de menores recursos. A la vez, hay quienes destacan que se trata de una decisión que reafirma la autonomía del cuerpo de cada mujer.

En Ucrania, por ley, sólo pueden aspirar a una subrogación de vientre parejas heterosexuales que estén casadas legalmente. “Es por una cuestión religiosa”, describe Andrea. Las familias consultadas por Clarín pagaron entre 40.000 y 60.000 euros por el servicio, y aseguraron que un tercio de ese dinero es para la mujer gestante. También explicaron que ese costo es aproximadamente un tercio del que puede cobrar una clínica especializada en Estados Unidos.

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En Argentina la subrogación de vientre quedó fuera de la última modificación del Código Civil. Sólo puede hacerse a través de un amparo otorgado por la Justicia, y se debe demostrar un vínculo altruista -no mediado por lo económico- entre la mujer gestante y la o las personas que tendrán ese hijo.

Biotexcom exige que al menos haya material genético -semen u óvulo- de alguna de las dos personas de la pareja que contrata el servicio. Según publicó el diario español El País en agosto del año pasado, los Poderes Judiciales de distintos países europeos investigaban a Biotexcom por delitos como tráfico de personas, documentación falsa y evasión de impuestos.

José Manuel, el marido de Flavia, es médico de terapia intensiva y cardiólogo. Trabaja en dos hospitales y un sanatorio. “Un compañero de mi marido, cirujano, se enteró de que estábamos en el proceso de búsqueda de un hijo y le comentó de esta clínica ucraniana. Él y su esposa lograron tener un hijo a través de esa vía“, cuenta ella, que tiene 41 años y que se turna con sus compañeras para ir al Hospital Carrillo, de Ciudadela, porque el espacio con el que cuentan es demasiado chico como para cumplir con el distanciamiento social.

“Tenía pasaje para volar a Kiev el 4 de mayo porque Nacho iba a nacer el 12, pero se adelantó. Me mandaron fotos apenas nació y después, cada dos días alguna imagen nueva. Recién el sábado 9 pude hacer una videollamada en la que lo pude ver un poco más. Sé que lo están cuidando y atendiendo, está en un espacio que la clínica llama Baby Room. Es una especie de nursery en la que los atienden y los cuidan, pero quisiera estar con él lo antes posible“, suma Andrea, que también presentó un recurso de amparo ante Cancillería y que pagó 60.000 euros por el tratamiento.

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“Por WhatsApp me van manteniendo al tanto. Nacho nació con 2,240 kilos y le subió la bilirrubina. Es muy difícil estar lejos. Pero te mandan fotos, informes médicos, que yo a la vez le mostraba a un pediatra para recibir su asesoramiento. Ellos se encargan de darte tranquilidad, pero es muy angustiante todo esto. Después de todos los años de esfuerzo, de todo lo que pasé buscando un hijo, pienso que hace tanto que vengo buscando esto que esperar un tiempo más puede ser muy difícil, pero al menos sé que Nacho ya está acá”, explica Andrea, conmovida. “Apenas pueda, voy a pasar el mayor tiempo posible con mi hijo. El apego de los primeros días es fundamental, tenemos que irnos conociendo, conectar nuestras pieles, crear el vínculo”, suma.

Al menos hasta el 22 de mayo, explican estas familias, las fronteras ucranianas están cerradas. “Y en Argentina los vuelos comerciales están suspendidos al menos hasta septiembre. Por eso nuestra única posibilidad es ir en algún vuelo que devuelva gente a Europa y vaya a buscar argentinos varados. Estamos esperando respuestas a los recursos que presentamos, y estoy esperando ese momento especial de conocer a mi hijo: un embarazo te va preparando para ese momento. En cambio así toda esa preparación es con la cabeza pero no con el cuerpo. Ahora falta que mi cuerpo se encuentre con Nacho”, describe Andrea. Por cada día que su hijo pasa en el “baby room” -un espacio en el que hasta hace algunos días ya había 49 cunitas con bebés nacidos desde que se cerraron las fronteras-, Andrea paga 25 euros por la leche, los pañales y el cuidado. Y por única vez pagó otros 90 euros por la ropa, la mamadera y la cuna de su hijo. Una cuna puesta en una habitación a la que una araña con caireles y los murales de las paredes le delatan la herencia soviética.

Patricia y Gustavo hicieron una subrogación de vientre en una clínica de Ucrania. Tienen las valijas listas para viajar a conocer a Sol, su hija, pero por la pandemia de coronavirus no pueden ir.

Patricia y Gustavo hicieron una subrogación de vientre en una clínica de Ucrania. Tienen las valijas listas para viajar a conocer a Sol, su hija, pero por la pandemia de coronavirus no pueden ir.

Patricia y Gustavo tienen dos valijas listas y, encima de las valijas, una carta que dice “Sol, estamos listos para ir a buscarte. Mamá y papá”. Según cálculos médicos, Sol -la hija de ambos- va a nacer en Kiev el 24 de mayo. “Decidimos acudir a la gestación solidaria tras seis años en los que buscamos tener hijos. Probamos tratamientos de fertilidad con nuestro material genético, también ovodonación, y probamos adoptar en Argentina e incluso en Rusia. Y después de evaluarlo durante dos años y de hablarlo mucho en terapia, decidimos viajar a Kiev e iniciar este proceso”, explica ella, que es rosarina pero vive en el centro porteño desde que su hermano y un amigo de Gustavo los pusieron en contacto por Facebook.

Hubo tres intentos fallidos hasta que una gestante logró avanzar con el embarazo: el semen había sido aportado por Gustavo y el óvulo, por otra donante. “Tardamos en dar la noticia de que íbamos a ser papás por todos esos intentos fallidos”, cuenta Patricia. Tenían pasaje para viajar a la capital ucraniana el 20 de abril, por si la llegada de su hija se adelantaba. Pero el coronavirus ya había cerrado las fronteras, cuya reapertura sigue siendo un misterio.

“Cuando en marzo veía que los vuelos se cancelaban pensaba que había que esperar, que todo se iba a aclarar, pero cuando el cierre fue avanzando nos empezamos a desesperar, y vemos que esto no se mueve. En un mundo globalizado, era muy fácil llegar a Ucrania a buscar a nuestra hija, y ahora todo está como en el siglo XIX”, dice Gustavo, que le pone una única palabra a su estado de ánimo: “Angustia”.

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Al llegar a Kiev, las familias que van a buscar a sus hijos tendrán que testearse para detectar si se contagiaron coronavirus y cumplir una cuarentena de quince días antes de contactarse con los bebés. “Eso será en un hospital gubernamental y después nos trasladan a un hotel muy austero de la clínica. Apelamos al derecho de cada niño a estar con sus padres para que Cancillería nos escuche: tal vez pueden incluirnos en un vuelo que va a buscar repatriados. Sabemos que están desbordados y que telefónicamente sólo atienden urgencias. Entendemos que es un momento crítico, pero necesitamos llegar de alguna manera”, dice Gustavo, que tiene 53 años. Él y Patricia pagaron 40.000 euros a Biotexcom.

“Pensamos en adoptar pero había al menos dos o tres años de espera, y eso podía fallar. Y por nuestras edades, el tiempo nos apremiaba”, dice Patricia: tiene 48 años, es contadora y trabaja desde su casa desde antes de que el home office fuera tan masivo. Aún en el vientre de la mujer gestante, Sol ya pesa 3,300 kilos. Va a ser grande, su papá es largo”, dice Patricia.

Flavia y José hicieron una subrogación de vientre en una clínica de Ucrania. Su hijo Manuel ya nació. Ahora ellos piden autorización para poder viajar a conocerlo y traerlo a la Argentina.

Flavia y José hicieron una subrogación de vientre en una clínica de Ucrania. Su hijo Manuel ya nació. Ahora ellos piden autorización para poder viajar a conocerlo y traerlo a la Argentina.

Lo primero que va a hacer cuando esté cerca de su hija es ponérsela en el pecho, apretarla fuerte. Llora mientras lo dice. Mientras se lo imagina. “No sé cuánto tiempo voy a tardar en dejársela a Gustavo. Esto es dulce y amargo. Todos los días nos levantamos y nos acostamos pensando en esto: nos costó mucho llegar hasta acá, y ahora que estaba tan a mano, no podemos llegar a estar con nuestra hija”, explica ella.

Flavia dice algo parecido: “El balance siempre es positivo. Es cada vez más espaciada la información que voy recibiendo porque van teniendo cada vez más bebés que cuidar. Entonces primero me enviaban fotos todos los días, después día por medio, después cada tres o cuatro, y ahora una vez por semana. Y eso me angustia, porque además sé lo importante que es vincularse desde el primer momento. Pero volvería a pasar por todo esto porque sé que, después de tantos años de tanto esfuerzo, de tanto ponerle el cuerpo y de tantas sensaciones difíciles de atravesar, mi hijo ya existe“. Ese hijo que mira con ojos recién estrenados en la foto de su WhatsApp. Tan cerca y tan lejos.

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