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Diario de Covid-19 / día 51: «Un hombre parado»

Redacción TN by Redacción TN
3 mayo, 2020
in Argentina
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Parecía una estatua. La calle, a esa hora, era un hervidero de camisetas chillonas que venían de correr por el parque o a la vera del río. Recordaba mucho esos días de

maratón o carreras nocturnas que acaban en la plaza de España y pronto se desparrama la multitud de corredores, cada uno buscando el auto en el que llegó hasta mi barrio, a quinientos metros de la plaza de América. Traían también ese aire de cansancio que da el esfuerzo pintado en el semblante. Era un trasiego peatonal importante, pero aquel hombre estaba parado en mitad de la acera. Lo veía clarísimamente desde la ventana del dormitorio: recostado sobre la señal de dirección prohibida en la embocadura de la calle Juan Pablos, componía un perfecto triángulo rectángulo en el que el piso y el vástago de la señal eran los carteros y su espalda recta formaba la hipotenusa que completaba la figura. A su lado pasaban corredores, gente de paseo sin más, ciclistas, algunos con mascarillas que iban a la compra, otros sin prisa y muchos azacaneados para llegar a tiempo a casa sin saltarse las reglas. Eran las 9.36 de la mañana del sábado 2 de mayo y el hombre seguía parado en la esquina. No hacía nada. No movía ningún músculo ni calentaba las articulaciones como a veces hacen los deportistas antes y después del esfuerzo físico. Lo suyo era lisa y llanamente sentir el sol en la cara. Sin más. A esa hora, los rayos del astro emergen por encima de las torres de Felipe II e impactan oblicuos en el suelo. Y aquel tipo, del que desconozco si nombre y del que no puedo decir cómo iba vestido, se había situado de forma que el sol lo bañara. Eso era todo. Ese había sido su ratito de paseo o de práctica deportiva: salir a la calle y sentir el sol en la cara, agradecer que los rayos de mayo calienten desde primera hora de la mañana y estar satisfecho por ello. Nada más. Y nada menos. En casa, todos se habían marchado, cada una con su ropa deportiva y su compañía. Estaban expectantes, pero no sabría decir cuál de las tres exteriorizaba con más entusiasmo romper el encierro a la manera que los musulmanes hacen de la ruptura del ayuno ahora en su mes santo del Ramadán una fiesta compartida. Volvieron más entusiasmadas todavía, cada una a una hora distinta, relatando los signos de la primavera que habían descubierto en el paseo matinal, los conocidos a los que habían dedicado un saludo y la satisfacción con que habían hecho uso de su derecho a la libre circulación. Preferí quedarme. La libertad también guarda, quizá como un tesoro oculto, la posibilidad de no hacer uso de ella. Luis me envió el mensaje de la caminata que había hecho entre 7 y 8.30 de la mañana, pero se me olvidó preguntarle qué tal ese primer paseo porque dos días antes me había lanzado una de esas preguntas terribles que no se pueden soslayar de ninguna manera y que dan la cara aún cuando las ignoras: «¿Y si cuando salgamos, la Libertad no está?». Este sábado iba de libertad. Pero en un sentido mucho más profundo que el aparente de que permitan unas carreritas a determinada hora. Algo así como la libertad de escoger bajo qué bandera se alista uno puesto que hay dos caudillos en pugna permanentemente. Y no es una cuestión política, como es fácil suponer, de lo que estoy hablando. Todos tenemos que elegir bando y militar en él: de los que ayudan a sobrellevar las penalidades o de los que enconan el malestar, de los que van a lo suyo o de los que van a lo de los demás, de los que miran por uno o de los que miran por todos. Dos banderas. La bandera de la libertad o la de la esclavitud. Qué buena meditación para la tarde del sábado. La mañana la había empleado en llevarle dinero a mi madre nonagenaria, ella que no es libre de salir a la calle porque las artritis de las rodillas y cinco escalones traicioneros le limitan mucho la libertad de movimientos. Hacía seis semanas que no la veía en persona, todo el tiempo que hemos tenido limitada la circulación y la reunión en aras de lo que Fernando Savater denominaba en su columna el Estado Clínico democrático. Una interesante disquisición sobre la vida y la libertad, dos derechos en conflicto -en tensión habría que decir- y la solución que le han dado a lo largo de la historia. A este respecto, mi párroco envió una interesante reflexión a modo de homilía breve de la lectura en el «Regina Coeli». Decía don Carlos: «Todos los días pedimos a Dios la salud, hoy empezamos a hacer deporte porque es importante para la salud. Pero, ¿para qué la queremos?, ¿para vivir con tanta independencia que caemos en la indiferencia?, ¿para no vernos limitados en el disfrute corporal y en nuestras aspiraciones personales?, ¿para no tenernos que ocupar de quienes enferman? Si esto es así, seremos gente con salud, pero totalmente paralizados por nuestro egoísmo y nuestra soberbia«. El jueves, charlando con un muy buen amigo, me contaba que el encierro en casa y todos los planes que había tenido que suspender le había enseñado mejor los límites propios. Y que después de perseguir ideales, animar actividades e impulsar muchas acciones había comprendido que no daba para más. Y que realmente nada podía hacer contra las circunstancias. Aproveché el paseo por Triana hasta el Altozano para sacar dinero de la cuenta de mi madre para llamar a mi amigo Paco, que cumplía su sexta semana ingresado en el hospital. ¡Qué alegría! Estuvimos charlando de nuestra tertulia en el Rinconcillo, de espinacas con garbanzos y bacalao con tomate, de los caracoles que le había llevado una enfermera y que él había saboreado con mucha mano izquierda. Qué bien. Por un tiempo -esperemos que la rehabilitación surta efecto para recuperar las funciones perdidas-, él estará limitado en su autonomía personal y en su libertad de movimientos. ¿Acaso podemos dudar que será libre? Es lo mismo que el diálogo maravilloso con que termina el Evangelio de Juan entre el Jesús glorioso y resucitado y Pedro: «Cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras«. ¿Para qué sirve la libertad? La cuestión vuelve al principio. A ese hombre que aprovechó la mañana para que la aurora de sonrosados dedos le acariciara la cara. Mientras todos los demás corrían de un lado para otro, se quedo quieto. Mientras todo alrededor giraba y bullía, estaba inmóvil. Y libre. Radicalmente libre. Hasta aquí por hoy. Si siguen con la afición recién descubierta por el deporte mañanero, ya saben: «Tengan cuidado ahí fuera«.

FUENTE DIARIO ABC:

https://sevilla.abc.es/sevilla/sevi-coronavirus-diario-covid-19-51-hombre-parado-202005030937_noticia.html

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