
Lucia Correa tiene 72 años, es de Flores y tuvo en su garganta, en su dolor de cabeza y en su cansancio físico la suma de todos los miedos de tener
el “enemigo invisible”. Y lo tuvo.
Está en cuarentena como todos nosotros. Pero ella es una recuperada del coronavirus.
Cree que se contagió en Israel, donde fue de vacaciones a mediados de febrero con una de sus hijas.
Tiene “fresco” el test positivo de COVID-19. El paciente 0 en Argentina fue registrado el 3 de marzo. Un día después, como ese hombre, ella entró caminando a la clínica con síntomas igual de compatibles. No la dejaron salir.
Tras la internación en el sanatorio Santa Isabel, pasó al confinamiento domiciliario hasta el 27 de marzo, cuando el Ministerio de Salud de la Ciudad registró el “fin de su aislamiento”. Hacia una semana había comenzado la cuarentena para todos.
“El miedo al coronavirus no se te va aunque te hayas curado”, dice a Clarín.
Cuando volvió del viaje, tuvo una reunión con sus seis hijos, las parejas de ellos y sus nietos. Nadie más en su familia tuvo coronavirus. Pero solo testearon a la hija con la que viajó, al resto se les ordenó aislamiento obligatorio.
“La primera sensación que tuve cuando me dieron el alta fue felicidad. No me daban a los brazos para vestirme para irme. Los médicos, las enfermeras, me decían ‘Andá, el coronavirus te perdonó’”, cuenta. La clave, dice, es que tiene “unos kilos de más” pero no es “obesa”, no tiene diabetes y “sólo leve hipertensión”. Pero Lucía es ex fumadora, como indica la epicrisis, el documento que le dieron tras el alta.
Aún hoy, después de que el tercer hisopado le diera negativo, lo que indica que ya no tiene coronavirus, se alegra de que puede oler a quemado y distinguir en el gusto “un chocolate de una aceituna”.
“Me pasó a buscar uno de mis hijos por el sanatorio. Me sacaron de la guardia por un costado, con barbijo, así como si estuviese apestada. Celebro vivir en una casa y no en un edificio. Acá en el barrio se enteraron todos porque la china del supermercado lo contó. Me llevó bien con todos y me llaman para ver cómo estoy. Pero quizás otros contagiados al volver sí se sintieron como parias”, recuerda.
La idea era que durante su externación no tuviese contacto con ningún otro paciente en el centro de salud. Incluso que no pasara por zonas de alto tránsito de la clínica.
Por protocolo, le dieron un barbijo y un termómetro. Pero había un problema, tres de sus hijos, los varones, viven con ella. ¿Cómo es esa convivencia? ¿Con máscaras? ¿Guantes? ¿Antiparras? ¿Todo para ver Netflix en el living?
“Eso fue lo peor. Tener miedo de contagiarlos a ellos. Yo me ‘apropié’ de uno de los baños. Tenía mi propios cubiertos, platos, vasos, taza. Todo completamente separado y lo lavaba yo. Pero en una casa igual a veces te cruzas a menos de 1,5 metro. Almorzábamos o cenábamos de parados, cada uno comía a su tiempo. Me decían ‘ya comí’ y ahí yo bajaba. Aún lo hacemos. Todavía trato de guardar las distancias. Pero ya no usamos barbijo en casa”, detalla. Sí sigue especializándose “en desinfección”. Un consejo que da es cuidarse “a la japonesa”: sus hijos dejan los zapatos afuera cuando vuelven de hacer las compras.
Lucia, viuda y jubilada, no sale de su casa desde el 13 de marzo. “Vine de un viaje hermoso y después nunca más volví a ver el sol”, se lamenta. No está de acuerdo con el permiso que deben solicitar los mayores de 70 en la Ciudad para salir. “Si no son mis nietos, que no me traten de ‘abuela’”, dice y sugiere un cambio de concepto y de discurso.
Y da otro consejo: “No piensen tanto como yo, que me angustie más después, en casa, que estando en la clínica”. Es que no le dieron certezas sobre qué pasa si vuelve a contagiar o, incluso, si se puede volver a contagiar.
“Cuando estaba internada pregunté y un médico me dijo que ya quedaba inmunizada. Pero después leí -cuenta-que solo por 6 meses. No lo sé. Tampoco sé si me tengo que dar la vacuna antigripal o si me la dieron cuando estaba internada, que es lo que hubiese correspondido. Llamé y me dijeron que después me contestaban”. Aún está a la espera de la respuesta y a la espera de volver a ver el sol. De nuevo, como lo vio en Jerusalén.
Qué es el CoronavirusCómo se contagia y cómo son sus síntomas

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