
Me tiemblan las manos al teclear que Paco Torres ha muerto. El puto coronavirus se lo ha llevado. Ingresó el 11 de marzo en la Fundación Jiménez Díaz de Madrid y de
allí ya no salió. Su mujer , Ana, y su hijo, Adrián, solo lo vieron una vez más, al día siguiente, ya entubado, entre los cristales de la UCI, donde este señor de las tablas luchó como un jabato por aferrarse a la vida. Pero la pandemia, esa que muchos gilipollas irresponsables se la toman a cachondeo, se lo llevó para siempre. Tenía 67 años y su familia no pudo despedirse con un beso. El cadáver está en una cámara frigorífica. A Ana le dijeron que podrían enterrarlo, solo con la presencia de dos familiares. Sí, dos familiares. Por eso el próximo jueves será incinerado, pero ni Ana ni Adrián tampoco podrán despedirse con un beso. Ella podrá recoger luego las cenizas de su Paco en el tanatorio de San Isidro, aunque no sabe la fecha. Paco, actor, músico y escritor inquieto, no se merecía esta despedida tan inhumana. No sé por dónde empezar para explicar lo que este sujeto de Los Navalmorales (Toledo) ha significado en mi vida. Siempre he presumido de conocer a un tipo vital con una voz que me embelesaba; me encantaba exhibir con orgullo que, entre mis amistades, tenía a un pícaro y músico que formó parte del reparto de «Los Santos Inocentes» (Mario Camus, 1984) y fue el vocalista de la orquesta Piraña, que triunfó en el programa de televisión Gente Joven. Cuando su mujer, Ana, me ha comunicado su terrible fallecimiento, por mi mente ha pasado un sinfín de recuerdos con Añasco de Talavera, su alter ego en su pequeña compañía Pícaros Ambulantes. He buscado el guion de «Jácara y enredo para el mesón de la fruta de Toledo», estrenado en el teatro de Rojas en 2010, que guardo con muchísimo cariño. Lo he releído, he disfrutado con sus apuntes, sus dibujos y las lágrimas han brotado. A su «plumilla universal», como me llamaba, le ha quebrado la última página, escrita del puño y letra de Paco Torres, en la que muestra su agradecimiento «por lo bien que siempre se porta con este derrapado cómico». Pero no, no cometeré el gran fallo que tenía este genial intérprete. No me extenderé, como él hacía, porque no tengo las cualidades que él atesoraba. Ya me gustaría. Concluyo con la frase que Paco Torres cierra el guion de esa jácara a su aire: «Primum vivere, deinde philosophari» (primero vivir, después filosofar).
FUENTE DIARIO ABC: