El día que conocí a Popeye, el jefe de sicarios de Pablo Escobar

El 2 de diciembre de 2014, yo estaba en el cementerio privado “Jardines Montesacro”, de Medellín, Colombia. Muy pocos llaman y conocen a ese lugar por su nombre.

Para la gran mayoría de paisas, y para todos los extranjeros curiosos del tema, es “el cementerio de la tumba de Escobar​”. No era un día cualquiera para ir: se cumplían 21 años de la muerte del narcotraficante más famoso del mundo

Todo transcurría medianamente normal: había gringos, europeos y mexicanos sacándose fotos sobre la tumba, ubicada en el sector 15, el segundo más caro de los 25 que ofrece el complejo. Algunos le dejaban flores, otros cartas, otros camisetas de fútbol. Hacía la temperatura de siempre en la ciudad de la “eterna primavera” y había silencio como en cualquier cementerio. Lo raro llegaría con una camioneta blanca. O mejor dicho, cuando estacionó y se abrió la puerta corrediza. Eran las 11 de la mañana.

Un hombre de zapatillas Nike, de ésas que usan los runners, y con un ramo de flores que parecía ser artificial en sus manos, bajó primero. Detrás suyo lo hicieron un par de camarógrafos, con las cámaras encendidas, como si vinieran grabando durante el viaje. El hombre, al llegar a la tumba, se arrodilló y comenzó a rezar. Primero un Padre nuestro, después un Gloria al padre, con los ojos cerrados y en voz alta. Todos los que estábamos ahí lo reconocimos rápido. Era Jhon Jairo Velásquez, “Popeye”, el sicario de Escobar.

Llevaba pocos meses libre, luego de 23 años preso. Así como nosotros lo mirábamos, una productora nos miraba a nosotros. No nos dejaba grabar lo que estábamos viendo, ni hablar entre nosotros. Era una de las escenas para un documental de una productora yankee que tenía la exclusividad de su imagen. En ese momento, en la ciudad se decía que “Popeye” se “mostraba poco porque podría sufrir un ataque de las mafias”.