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La historia de un samovar que estuvo oculto

Redacción TN by Redacción TN
31 enero, 2020
in Sociedad
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El saudade por una tierra puede durar siglos. Se apropia, incluso, de las generaciones que nunca la pisaron pero que se alimentaron con sus sabores o se formaron con refranes y

actitudes que eran moneda corriente allá, hace tiempo.

Por eso a veces los objetos nos diseñan historias incomprobables que ficcionalizamos pero que sentimos como verdaderas. Tengo en casa un samovar que trajo mi abuela del Imperio Ruso -ella vino en la época delos zares- al que le tengo especial afecto. Está algo abollado y no es de los que se encuentran en casas de antigüedades. Se nota su uso, no tiene floripondios. ¿Y saben qué? Nunca la vi a mi abuela usarlo. Intuyo que lo debe haber tenido escondido en el fondo de algún placard. Sí la recuerdo, en cambio, tomando el té caliente previo llevarse a la boca un pedacito del terrón de azúcar. No sé si por esa imagen me gusta el samovar o porque esconde una paradoja: en su casa no había nada que recordara su vida europea. Habían dejado lo que hoy es Ucrania sin ninguna nostalgia. Aquella no era buena vida: violencia y discriminación. Sin embargo, nunca sabré por qué vino con ella ese samovar que une simbólicamente sus dos vidas. Esto pienso yo desde una libertad imaginativamente irresponsable, no sé si ella lo avalaría: jamás habló del tema. Pero ocultar el samovar, creo, era dejar atrás un pasado al que no quería volver.

Las historias de la inmigración son muy diversas. Hay otras -no las conocí- en que se deja la tierra no con ilusión sino con dolor. La pobreza, la falta de oportunidades impulsa a partir pero hay una extrañeza que no la apaga el océano. Eso le pasó a muchos españoles e italianos que no escapaban -a excepción de la época de Franco- sino de un modelo que los mantenía cabizbajos. Esa tierra era, igual, la suya.

Acá unos y otros se amalgamaron. Y construyeron una cultura en que la historia de unos pertenece a todos. Por eso -resulta curioso- cada vez que piso Italia siento un aire conocido, una especie de brisa familiar. No tengo una gota de sangre tana pero el caos bello y vital que uno siente en sus calles, me define. Eso me gusta: ser yo, mis raíces y también las de otros que viven cerca mío. ¿No es así, acaso, como se construye el mundo?

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