
La expresión “tirar manteca al techo” viene de los inicios del siglo XX. Los jóvenes de la alta sociedad de Buenos Aires gastaban mucho dinero en cabarets y se divertían tirando
manteca al techo con cuchillos y tenedores utilizados como catapultas. La idea era competir para ver quién era capaz de dejar pegados más pedazos de manteca en la previa de alguna cena, o cuál de esos trozos se mantenía adherido por más tiempo. También “ganaba” el que más caídas de bailarinas provocaba luego de que la manteca se derramara sobre el piso. Una estupidez histórica, en su momento disfrazada de piolada.
Broma de mal gusto o broma a secas, la analogía con lo ocurrido este miércoles en Punta del Este se teje sola. Sin esfuerzo. Sin fórceps. En este caso, un cordero que se precipita desde un helicóptero, termina haciendo rebalsar una pileta de la clase alta y se imprime, finalmente, como gran escándalo del verano. Escándalo protagonizado por argentinos en Uruguay, argentinos pudientes, los mismos que el presidente electo Lacalle pretende invitar a vivir y Pepe Mugica descarta. Pero el caso desnuda todo lo demás: que las élites, al menos una parte de ellas, esa que viven en las páginas de revistas y nadan cómodas en las aguas de la frivolidad, tienen curiosas formas de divertirse.
Más allá de los descargos, ciertos o no, la filmación viral es nítida y espectacular: el helicóptero posicionado casi al borde del delito, el cordero en viaje hacia el agua, la secuencia limpia y las risas de los que filman. Risas que delatan que no hay sorpresa, sino una “jodita” ciertamente esperada. Dicen que el piloto de la nave le prometió al dueño de casa que le dejaba el regalo en “un Uber”. Dato extra: un cordero entero en Uruguay, de 12 kilos, cuesta 120 dólares, 9800 pesos al tipo de cambio solidario. Y entonces, lo que todos saben: el animal como un bollito de manteca delatando usos y costumbres de cierta clase de gente y convertido en noticia para siempre.
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