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Irán y Estados Unidos: venganza de fogueo

Redacción TN by Redacción TN
11 enero, 2020
in Internacionales
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La “venganza” anunciada por Irán implicaba una paradoja. La acción que se ejecutara podía ser, o bien una declaración de guerra abierta y total, o bien un ofrecimiento

de tregua. ¿Acaso puede ofrecerse una tregua mediante un ataque? Si; por eso en ese ataque estaría la clave sobre si habría una escalada militar potencialmente devastadora, o por el contrario, se recuperaría cierta calma, al menos por un tiempo.
Si la venganza hubiese sido el ataque que causó las “80 muertes” norteamericanas que describió el ayatola Jamenei, entonces equivaldría a una declaración de guerra. Pero si la andanada de misiles lanzados por Irán no dejó víctimas ni demasiados daños como describió Trump, entonces fue una “venganza” simbólica que puede ser leída como una oferta de tregua.

Hipótesis. ¿Quién dijo la verdad y quién mintió? En una circunstancia así, a Donald Trump le resulta más difícil en su país mentir sobre muertos propios que a Jamenei mentir sobre muertos ajenos. Además, el líder religioso estaba obligado a mostrar en Irán una cifra superior a las decenas de muertos iraníes que dejó el asesinato de Soleimani.

Ocurre que, además del general, fueron abatidos sus guardaespaldas, los conductores de los vehículos y otros iraníes que iban en el convoy atacado. A ese nutrido grupo hay que sumar los 56 iraníes que murieron aplastados y asfixiados en los funerales del “general mártir”.

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De tal modo, es posible pensar que, paradójicamente, la respuesta iraní fue una oferta de tregua.
La historia norteamericana está plagada de acciones que provocaron largas y trágicas derivas. Como explica Vargas Llosa en su novela “Tiempos Recios”, sin el golpe de la CIA en Guatemala “Fidel Castro no se habría radicalizado”. Aquella operación, que derrocó en 1954 a Jacobo Arbenz en Guatemala, truncó un proceso democrático de reformas de corte socialdemócrata que eran imprescindibles en América Central y el Caribe.

Derrocar un gobierno guatemalteco democrático y reformista fue el comienzo de la infernal deriva que aún plaga de miseria y autoritarismo a la desventurada región.

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Algo similar causó en Irán y Oriente Medio el golpe de Estado, también orquestado por la CIA, contra un gobierno iraní en 1953. El primer ministro Mohamed Mosaddeq había sido elegido en las elecciones dos años antes, iniciando una gestión nacionalista que anuló contratos petroleros vergonzosos y nacionalizó la Anglo-Iranian Oil Company.

Es cierto que tenía el respaldo del Tudeh (Partido de las Masas), que era prosoviético, y lo apoyaba también el ayatola Sayyed Kashaní, vinculado con violentas organizaciones fundamentalistas, pero Mosaddeq era un nacionalista secular. Las medidas que tomó fueron consecuencia de un tratado petrolero inaceptable, el de 1933, agravado por sus antecesores en el cargo, Mohamed Sa’ed y Alí Razmara.

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La Operación Ajax, el golpe de Estado de la CIA y el MI6 que derribó a Mosaddeq, inició el acercamiento entre nacionalistas seculares y fundamentalistas. La ola ultrareligiosa que décadas más tarde se abatiría sobre todos los regímenes laicos del mundo musulmán, primero se adueñó del escenario político iraní, impulsado por la indignación que generó el golpe de 1953 y fue creciendo hasta abatirse contra la autoritaria monarquía del sha Reza Pahlevi.

Los grandes choques posteriores tienen su Big Bang en el golpe del 53. Trump no creó el problema, pero es probable que haya interrumpido una solución. El verdadero error del jefe de la Casa Blanca fue sacar en 2018 a Washington del Acuerdo Nuclear de 2015. La escalada de estos días es consecuencia de aquella decisión, que fue injustificada porque Irán estaba cumpliendo lo acordado.

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La consecuencia de ese Acuerdo, además de que el programa nuclear iraní quedara bajo vigilancia internacional, fue el levantamiento de sanciones y sus efectos económicos positivos, fortaleciendo al gobierno que preside el moderado Hassan Rohani y a las fuerzas reformistas en el Majlis (parlamento iraní), lo que inquietaba a las agrupaciones fanáticas que engendran líderes como Mahmud Ahmadinejad, veneran el ayatola Jamenei y creen que la represión se justifica porque los que cuestionan el régimen son “enemigos de Dios”.

Tensiones. Tras la ruptura unilateral decidida por Trump, volvieron las sanciones económicas. Sus consecuencias detonaron las protestas ferozmente reprimidas. Desde entonces, no hubo motivos para atemperar la naturaleza antioccidental del régimen. Por eso el general Qassem Soleimani aceleró el plan que llevaba tiempo preparando, algo así como una “vietnamización” de Irak para forzar la retirada de los norteamericanos.

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Ese proceso comenzó a acelerarse cuando las turbas movilizadas por las milicias iraquíes que respondían al general iraní, ingresaron a la llamada “Zona Verde” de Bagdad y asaltaron la embajada de Estados Unidos.

Irán y las milicias chiítas aliadas en Irak habían cruzado una línea roja. Semejante acto no podía quedar sin una respuesta.
Desde que en 1968 John Gordon Mein fue abatido por insurgentes en Guatemala, muchos embajadores estadounidenses cayeron cumpliendo funciones diplomáticas en países como Líbano, Sudán, Afganistán y Libia.

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En el 2012 fue atacado el consulado en Benghazi, muriendo Christopher Stevens, embajador en Libia. Valiéndose de la película “La inocencia de los musulmanes”, los salafistas habían amasado ira entre los fanáticos, generando las turbas que incendiaron la sede diplomática.

Pero en la turbulenta deriva iniciada con el golpe a Mosaddeq, el asalto a una embajada mediante turbas multitudinarias tiene un sentido específico: sabotear entendimientos existentes o en curso.

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El ayatola Jomeini hizo ocupar la embajada norteamericana en Teherán en 1979, para obstruir la negociación que estaban intentando impulsar Mehdi Bazargán, el moderado primer presidente de la era pos-Pahlevi, y Zbigniew Brzezinzki, el lúcido consejero de Seguridad Nacional que tenía la administración Carter.

En Bagdad, no se tomaron rehenes porque pudieron ser evacuados a tiempo, pero las turbas ingresaron a la sede diplomática. El objetivo era forzar la ruptura entre Bagdad y Washington; algo que ha comenzado a producirse tras el ataque que mató a Soleimani.

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El Parlamento iraquí reclamó al gobierno exigir la retirada norteamericana de Irak. El gobierno lo hizo, por lo tanto, no está lejos el momento en el que la presencia de los marines ya no sea algo acordado y legal, sino una ocupación militar.

Hasta ahora, tanto los presidentes kurdos Jalal Talabani y Barham Salih, como los primeros ministros chiítas Ibrahim al Jaafari, Nuri al Maliki y Adel Abdelmahdi, han sido renuentes a exigir la retirada norteamericana. Irak fue el extraño punto del planeta donde dos archienemigos tienen presencia militar para proteger a un aliado de ambos: el Estado iraquí. A eso quería poner fin Qassem Soleimani.

Consecuencias. Es probable que Trump no tenga una noción clara de lo que implica matar a ese general cuyos funerales en Kerman, su ciudad natal, fueron los más multitudinarios desde la muerte de Jomeini en 1983.

No debe saber que matarlo implica para Irán lo que habría implicado para Estados Unidos que Saddam hubiese asesinado al general Colin Powell en los tiempos de George Herbert Walker Bush.
No obstante, eso no significa que haya sido un blanco equivocado. Si la decisión se tomó con plena conciencia de la posibilidad de librar una guerra directa y total contra la poderosa teocracia persa, entonces el blanco elegido fue el más adecuado.

Inspirado por el genio militar que tenía a su lado Ho Chi Ming, el general iraní que sembró franquicias de Hizbolá en la región del Levante trabajaba para convertir a Irak y al Este de Siria en un nuevo Vietnam para los norteamericanos.

Del mismo modo que Vanguyén Giap (jefe del Vietminh que venció a los franceses en Dien Bien Phu) no usó al ejército norvietnamita sino al Vietcong para combatir a las fuerzas del general Westmoreland en Vietnam del Sur hasta obligarlas a retirarse, Soleimani no planeaba enfrentar a los marines lanzando contra ellos a los pasdarán (efectivos de la Fuerza Quds), sino a las milicias chiítas del propio Irak.
Las Kataeb Hezbolá (Brigadas del Partido de Alá) y las milicias cercanas a Muqtad al-Sadr (el influyente y temperamental hijo del ayatola iraquí Sadeq al Sadr, asesinado por Saddam Hussein) serán el Vietcong de los marines en Irak.

La celebridad de Soleimani tiene tres componentes. La leyenda que se creó a partir su heroísmo en la guerra irano-iraquí que estalló ni bien Ruholla Jomeini sacó del poder a Pahlevi; la eficacia de sus planes, como extender la acción de Hizbolá más allá del Líbano y convertir a la milicia de la tribu Huthi en la potente fuerza militar que está venciendo a los sauditas en Yemen. Y la decisión política del ayatola Jamenei de convertirlo en un prócer viviente, precisamente para que esa visualización actúe como un blindaje que lo proteja.

Al misil que lo mató junto al jefe del Kataeb Hizbolá, el general iraquí Abú Mahdi al Muhandis, no lo detuvo el blindaje de fama que debía protegerlo. Pero quizá ese misil no detenga el plan que había puesto en marcha.

Esa sería la mayor “venganza” de Irán. Desde que la presencia norteamericana sea ilegal, las milicias chiítas lanzarán ataques y tenderán emboscadas.

Irán deberá calibrar su respuesta para no provocar, como contra-respuesta, una acción abrumadora. Si hay atentados de las células terroristas de Hizbolá contra blancos americanos en otras partes del mundo, será para distraer. El verdadero objetivo de Irán es echarlos de Irak y, después, de los yacimientos sirios que ocupan al Este del Éufrates.

La proclamada “venganza” será la vietnamización que planeaba el general desintegrado por un misil.l

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conflicto. Trump no midió lo que implicaba matar al general Qasem Soleimani.Irán respondió con un ataque con 22 misiles a bases estadounidenses en Irak. El bombardeo aumentó la tensión en Medio Oriente. | Foto:Dpa y Cedoc

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