
“Perdón, con todo respeto, ¿usted de verdad es así, siempre tan alegre y feliz, tan libre va por la vida?”. La encargada del balneario Costa del Sol, en el barrio marplatense
de Constitución, interrumpe la charla y pregunta, y así le responde. “Hola corazón, amo estar en este mundo y tener la posibilidad de triunfar como ser humano, poder ser yo, sin ataduras”.
Ernesto Carci es la persona más querida por el marplatense de la calle: taxistas, colectiveros, camareros, paradores, pescadores, conserjes, diarieros, trapitos y kiosqueros de distintos barrios, consultados por Clarín, coincidieron que la persona más amorosa y excéntrica de La Feliz era “El loco de los rollers”. ¿Cómo? “Sí, es un viejo, que va y viene patinando por toda el paseo de la costa, verano e invierno, siempre con sunga y camisa abierta, y va cantando, bailando y regalando alegría“.
El gordo Gonzalo, dueño del chiringuito El Sanguchazo, en La Perla, cuenta que lo ve todos los días y que se asoma a la puerta de su bar para curiosear. “A veces lo engancho hablando con la gente, que se le acerca para una selfie, un videíto, es un divino, hay que tener cojones para andar por la vida como él“. Martina, que tiene un kiosco cerca de la Rambla, acota: “Es una maza, a mí me re gusta su movida. Comparte su alegría, tiene unas ganas de vivir locas, él las expresa sin pudor”. Elías, taxista, le toca bocina cada vez que se lo cruza: “Quisiera tener su libertad, su actitud ante los problemas, al loco no le importa nada”.
Ernesto Carci, inseparable de sus rollers y sus auriculares.Foto Maxi Failla
Lo conoce todo Mar del Plata a Carci, es parte fundamental del paisaje de La Feliz, “si no lo ves, a la costa le falta algo, sin duda es una pata de la identidad de la ciudad, es una posibilidad de disfrute para el turista que no lo conoce”, siente Florencia, una trabajadora de la Municipalidad. “Es esa posibilidad de disfrute que te da Mar del Plata, imaginate un tipo así rolleando en la 9 de Julio -ríe-. Pero en la costa no desentona”.
Clarín logró dar con el paradero del también llamado “el patinador sagrado” o “el patinador feliz”. Después de responder vía Facebook (cuenta que acaba de abrir), Carci, de 65 años, aceptó un encuentro en la playa de su zona. “Conste que postergo mi día de surf”, escribe en el message del face.
Verlo a Carci por primera vez dispara un crisol de pensamientos e interrogantes: ¿Personaje? ¿Es natural o impostado? ¿Le falta algún jugador? Como habían anticipado los lugareños, llega con vincha, rastas flamantes, un mini pero muy mini short, camisa hawiana abierta, un bronceado importante y llega al bar del balneario deslizándose en sus rollers fluo. Su reaccion de alegría al ver a este cronista es como la de quien se reencuentra con un ser querido después de meses. “¡Holaaa, corazón!”, entra bailando al ritmo de Jimi Hendrix, que suena en sus auriculares.
En el bar de Costa del Sol no llama la atención, sí una reacción de júbilo. “Soy muy conocido, dicen que soy el vecino ícono de Mar del Plata y a mí me gusta“. Pocos marplatenses saben que Carci nació en Buenos Aires, es martillero público y recién en 2008 llegó a esta ciudad costera, donde rápidamente conquistó el cariño de los vecinos. Trabaja con ese look colorido alquilando propiedades a su amplia cartera de clientes que conserva de sus tiempos de encargado de una inmobiliaria porteña. “¿Qué tiene laburar así? A los clientes no les fallo nunca, conocen mi seriedad”.
“Antes de llegar a Mar del Plata, yo vivía usando traje, ahora nunca más, estoy todo el tiempo así, despojado, cómodo, trabajando a la mañana y haciendo deportes por la tarde”. describe este padre de dos hijos, que fue abandonado en 2008 por su ex mujer abogada y madre de sus hijos quien “de repente se fue vivir a Londres -tema del que prefiere no ahondar-. Se fue, yo me quedé con los chicos”.
Eso golpeó a Ernesto pero no lo volteó. La situación de tocar fondo la reconvirtió en una bisagra, en una página en blanco y en una lección de la vida. “Decidí venir con mis dos hijos a Mar del Plata y empezar todo otra vez. Nos acomodamos, empecé a tener a mis clientes y las cosas se fueron enderezando”, recuerda con serenidad y una expresión de tranquilidad, sin rencor alguno hacia su ex.
Personaje. Ernesto Carci es muy conocidos entre los marplatenses. Foto Maxi Failla
Dice Carci que en Mardel, su ciudad en el mundo, hizo un click mental, aspecto que le significó un profundo cambio interior y exterior. “Puedo ser como yo, sin ataduras, y la mirada del otro me nefrega. Tengo 65 años y quiero envejecer feliz, siendo un agradecido y disfrutando de la libertad que me permite ir de aquí para allá. Bastante tengo con el reuma y la artrosis que me van recordando la edad, como para vivir siendo un agreta”, dice este espigado y fornido hombre que dedica horas diarias a la meditación y al yoga.
Cuenta que le va bien en el trabajo que ejerce por la mañana, que vive con su hijo menor Jorge (27), quien trabaja en una heladería, que tiene “flirteos varios, pero nada de compromiso”, y que a la tarde sale de su casita a dos aguas de la calle Blas Parera para nadar mar adentro una hora por día, hacer kayak, patinar con roller y, más a la nochecita, montarse a su moderna moto chopera. “A veces soy medio inconsciente, no tengo noción de que hay actividades que, por mi edad, pueden traerme peligro. Pero no abuso, me cuido dentro de mi locura”.
“Soy muy deportista y siempre voy cantando, bailando… A veces estoy en una cola de banco y me pongo a bailar y a sonreírle a la gente para que cambie ese rictus de preocupación. Tenemos que entender que esto de la vida en un tiempito y listo…”, se describe desinhibido y con orgullo. Y es un enamorado de la moto, que usa a la nochecita. “Me subo y me transporto, bailo y canto en la chopera, pero voy tranqui, cantando ‘Revolution de los Beatles o ‘Voodoo Child’ de Hendrix”.
¿Por qué todo ir por la vida llamando la atención? “Yo no llamo la atención, yo soy. Me encomendé la misión de llevar un mensaje de paz y felicidad a todos los marplatenses, nos merecemos tener una vida menos estresante y conflictiva, y andar por la vida libres. Yo tengo mis problemas, que son muchos, pero nada altera mi manera de pensar, mi necesidad de expresarme, soy muy extrovertido, desinhibido”, dice mientras tiene uno de sus auriculares puestos.
Parece impostada su sonrisa, sus movimientos espasmódicos y su recurrente invocación a la paz hasta suena naif. “Digo lo que pienso, me visto a tono con mi esencia y no miro a ver qué dicen sobre mí. Tengo a mis hijos, que saben del honor y lealtad de su padre, y a mis seres queridos, que tienen la mejor conmigo”, desliza este hombre que dice evacuar “vahos de estrés” para ahuyentar fantasmas.
Sin tener nada que ver con libros de autoayuda o emular a los pastores televisivos de la medianoche, Carci siente que “el universo es maravilloso y el aliento que me da la vida es invaluable, no tiene precio. Recordá que el sol sale para todos y que la muerte no mira a quién”. Justamente, el sol pega fuerte sobre la playa y Carci “necesita” desplegarse. A la salida del bar del balneario una chica de veintitantos lo mira orgullosa: “Gracias, sos un genio, me cambiás la onda cada vez que te veo”.
Se ajusta sus aparatosos rollers y empieza a patinar en los alrededores del balneario. Imposible no frenar y observarlo. Ernesto es todo lo naturalmente exagerado que puede. Se desliza, baila, pega un saltito y emite constantes aullidos mientras desde su mp3 se escucha “Paint it black”, de los Rolling. “Siento que a mi manera estoy dando un mensaje”. Después de más de cinco minutos filmando, una señora le pido un videíto juntos algunos segundos. “Gracias por ser como sos y de tirarnos toda tu buena onda a cambio de nada“.
El abrazo del martillero público es profundo. “No me ven como un loquito, para nada, yo represento el deseo de sacarse las mochilas de los problemas que no nos dejan vivir. Hablando mal y pronto, me identifican como al tipo que le chupa un huevo todo”, desembucha.
Con ese mensaje de extroversión y libertad, la marca local de cervezas Baum lo llamó hace unos años para protagonizar una publicidad estival de un trago y explicó el motivo de su elección: “Buscábamos reflejar valores que van más allá del mundo cervecero experiencias únicas y creemos que la mejor manera de dejar un mensaje que llegue es con gente real, como Ernesto”.
También el reconocido Festival de Cine de Mar del Plata “compró” su imagen para la edición de 2015, cuando filmó un corto en sus rollers, bando a todo velocidad por la Peralta Ramos. “No terminó bien esa experiencia, tuve un accidente, golpeé con un semáforo y me rompí la tibia y el peroné. Me internaron y pesqué una bactería intrashospitaliaria que derivó en una grave neumonía“. Mar del Plata toda se hizo eco de su salud y se empezó a rezar y a mandar sentidas plegarias a través de las redes. “Médicos, no lo dejen morir a Tito, lo necesitamos”, fue el hashtag por entonces. “Zafé, pero casi no la cuento”, lo sabe.
¿Cambió algo su vida a partir de ese episodio? “A la salud la respeto, pero yo necesito expresarme por mi alma, que es la que maneja mi eje, mi salud mental. Si yo voy en rollers en pleno invierno por la Rambla, con shortcitos y camisa abierta, es porque puedo hacerlo, porque no siento frío. Aunque me digan ‘cuidate, abrigate’, yo necesito que ese frío me sacuda, soy fuerte”.
¿Qué diría su lápida? se le consulta. “El hombre que murió en su ley, sin estrés ni angustias y que con amor de verdad intentó llevar su alegría a la gente”.
Mar del Plata. Enviado especial
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