La expresión constituye una contradicción evidente y un indisimulado reconocimiento de la falta de capacidad o de decisión del gobierno actual para afrontar el problema, resolviendo sus causas y deteniendo sus consecuencias que siempre terminan impactando sobre los sectores más vulnerables.
Sin dudas que el comentario ha sido poco feliz, porque para quienes la inflación constituye la erosión cotidiana de su salario y la reducción de expectativas de futuro, y en muchos casos el límite entre la dignidad y la supervivencia, escuchar que se detendrá con el triunfo de quien hoy se encuentra detentando la primera magistratura de la Nación parece poco menos que una burla.
Pensar que el oficialismo es la solución para detener la inflación, da lugar al menos a dos interpretaciones. La primera es que el gobierno conoce cuales son los mecanismos, las acciones y las decisiones que debería adoptar y que no lo hace tan solo porque carece de la voluntad de hacerlo, manteniendo a la población como rehenes hasta tanto se cumpla su deseo de lograr la reelección.
La segunda interpretación es que no lo logrará, ni ahora, ni ante la eventual reelección de sus candidatos. Ambas interpretaciones son por demás desalentadoras porque podrían calificarse como irresponsabilidad o desidia, ambas igualmente reprochables en un gobierno al que le compete garantizar el bien común de sus ciudadanos.
Como sea, la conclusión es que la inflación, el incremento de precios, el reacomodamiento de precios, o como quiera llamárselo, constituye un grave problema irresuelto para los argentinos desde hace años.