
Una reflexión ingenua, frente a la conmoción que aturde hoy a la región, plantearía que se extraña alguna cuota de moderación. Es ingenua porque junto con la verdad en la crisis
es esa la segunda condición que se pierde. Se lo advierte en la rebelión chilena, pero es en el caso de Bolivia donde más se constata esa deformación tanto dentro del país como fuera de sus fronteras.
El doble dato trascendente de las últimas horas ha sido el exilio de Evo Morales en México y la instauración de la senadora opositora Jeanine Añez Chávez como presidenta interina de Bolivia.
Esa designación es polémica, pero técnicamente cumplió con la disposición constitucional que ordena que si hay vacío de poder por la ausencia de los responsables del Ejecutivo, se debe cubrir con la línea sucesoria. A Añez le correspondía porque era vicepresidenta segunda y habían dimitido el titular de la Cámara alta, y el vicepresidente primero. La proclamación se hizo sin la participación del partido de Morales el MAS, que controla las dos cámaras, y pese a que hacía dos días que el país se encontraba vaciado de poder y en riesgo de anarquía.
Pero esa instancia debió, a su vez, merecer un extremo cuidado por parte de esta legisladora. Su proclamación fue, en cambio, una exhibición de exuberancias y un alejamiento letal del resto del país que no estaba de acuerdo con este procedimiento. Añez juró como si la hubieran votado, en un clima de normalidad. Celebró desde los balcones acompañada de personajes tan imprevisibles como el líder fundamentalista de Santa Cruz Luis Camacho, sin que se entienda qué hacia ahí un hombre que no tiene partido, carece de carrera política, y no puede exhibir cargo alguno y solo destaca por su extremismo ideológico y religioso. ¿Indicaba esa presencia que una impronta fanática tendrá la transición más delicada de la época moderna de Bolivia?
La senadora de oposición, Jeanine Añez con la bandera presidencial. Xinhua
Los símbolos son importantes, particularmente cuando se intenta salir de un callejón. Del otro lado, Evo Morales en cuanto llegó a México como exiliado, no pidió profundamente calma, sostuvo que regresó la discriminación a su país, volvió a enarbolar la narrativa del golpe, y llamó a seguir en la lucha.
Morales no hizo ninguna autocrítica para admitir su parte de responsabilidad en este desastre lo que le hubiera dado una dosis de visión histórica. Es cierto que el comandate de las Fuerzas Armadas, William Kaliman, emitió un comunicado sedicioso el domingo pidiéndole al presidente constitucional que renuncie. Pero pocas horas antes, lo mismo hizo la Confederación Obrera Bolivia, COB, aliada de Evo, y atenta a la explosiva desligitimación del conteo manipulado de las elecciones del 20 de octubre. Ese sufragio fue gravemente puesto en duda por la Organización de Estados Americanos que aconsejó repetir el comicio, cuestión que el propio presidente luego renunciante, admitió aquella mañana.
Luis Almagro, secretario general de la OEA. EFE
Esta es la misma OEA del secretario geneal Luis Almagro, “el hermano Almagro” como lo llamó Evo hace tan poco como el 17 de mayo, que se enfrentó con la oposición boliviana y buena parte de la política sudamericana, cuando fue el mayor funcionario internacional en avalar que Morales se presente a esta cuarta reelección. Una candidatura que logró violando con una maniobra judicial la Constitución e ignorando un referéndum que votó contra esa alternativa.
“Decir que Evo Morales hoy no puede participar, eso seria absolutamente discriminatorio” tuiteó en aquellos días el diplomático uruguayo. Con esos pergaminos es notable que la OEA haya resuelto de un modo tan concluyente en contra del conteo. El fallo indicaría los extremos en que era indefendible el caso. Y explicaría, de paso, la actitud de la COB y la cautela en parte del propio partido del mandatario renunciante. Sin moderación ni verdad para observar los hechos, lo que viene en Bolivia sigue teniendo las formas de un abismo, ingenuidades aparte.
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