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El erudito que puede terminar aislado

Redacción TN by Redacción TN
18 octubre, 2019
in Sociedad
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Tendemos a creer que los hombres sabios en las ciencias o en las artes también lo son en su vida personal. Pues no, no siempre es así. Para empezar por la

punta de la pirámide, basta recordar la carta de Einstein a Mileva Maric, su primera mujer, en la que imponía condiciones humillantes para que la pareja, separada, volviera a vivir junta. Ella, también matemática, debía asegurarse que su “ropa y la ropa de cama estén limpias y en orden” y que él recibiera sus “tres comidas de modo regular en mi cuarto”. Y no debía esperar “ninguna intimidad conmigo, ni me los reprocharás de ninguna manera (y) dejarás de hablarme si te lo solicito”.

Hay muchos otros ejemplos. “Las niñas sufren toda la vida el trauma de la envidia del pene tras descubrir que están anatómicamente incompletas”, dicho por el maestro Sigmund Freud. O “sólo el aspecto de la mujer revela que no está destinada ni a los grandes trabajos de la inteligencia ni a los grandes trabajos materiales”, según el filósofo Arthur Schopenhauer.

En una escala mucho más mundana, hay gente que aún se confunde. Si el hombre es capaz, inteligente y arriesgado merece un tratamiento especial. Lo solemos asociar a nuestras abuelas pero no, aún sigue estando la idea de que los varones no estamos para ciertas cosas sino para la gloria (¿o la conveniencia?).

Recuerdo cuando era chico y una noche mis padres fueron a una reunión a casa de unos conocidos. La gran novedad era que él había cocinado. Y eso nos parecía algo tan extraño y misterioso: ¿Qué hacía ella, la esposa, en tanto? Hoy la cocina –y hasta el fútbol, casi– han roto esa barrera. Sin embargo hay otras que aún persisten. ¿Imaginan, acaso, una publicidad para el Día del Padre con un lavarropas o una batidora multifunción? Sí, yo también me río de lo bizarro que parece.

A veces confundimos la capacidad creativa o profesional con un permiso para habitar otra dimensión. Una en la que sólo importa lo que a mí me importa. La falsa jerarquía puede parecer cómoda pero muy en lo profundo, nos deja asilados. En la punta de la cima, quizás, pero sin nadie para hablar.

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