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La pesadilla desde adentro: así retuvieron a periodistas de Clarín y de TN en Quito

Redacción TN by Redacción TN
11 octubre, 2019
in Internacionales
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Aunque en estos tiempos que corren parece en desuso, hay una premisa que marca un rumbo: los periodistas nunca deben serla noticia ni los protagonistas de lo que ocurre. Ese chip,

en situaciones de conflicto como la que se vive por estos días enEcuador, además de ser un mandamiento profesional, también les da a los periodistas un grado de inconciencia ante el peligro que les permite presenciar hechos que ni siquiera las imágenes de televisión alcanzan a captar.

En el momento del trabajo, aunque el riesgo esté latente, nos moviliza estar allí, donde ocurren los hechos. Esto, en ocasiones, nos expone a vivir situaciones extremas en un abrir y cerrar de ojos, como lo que vivimos junto al equipo de TN, liderado por Nelson Castro, junto a decenas de periodistas locales y de medios internacionales, en el Agora de la Casa de la Cultura, un enorme anfiteatro enclavado en el Parque del Arbolito de Quito.

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Vale la aclaración para contextualizar: la presencia de los periodistas allí respondía a la convocatoria que había hecho la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie) para la cobertura del Congreso Indígena, pero el agregado principal era la versión que daba cuenta de que, luego de que se confirmaran las muertes de dos dirigentes indígenas, habían capturado a un grupo de policías y se aprestaban a aplicar la “Justicia ancestral” en el lugar.

Como a lo largo de casi toda la semana, el rumor no estaba amparado en una información oficial. Primero se habló de dos policías, luego seis, más tarde subió a ocho y, finalmente, cuando fueron liberados, la propia ministra de Gobierno de Ecuador, María Paula Romo, confirmó que fueron diez.

En el camino al Parque, las preguntas se multiplicaban a los contactos en Ecuador: ¿Qué significa que apliquen la “Justicia ancestral”? ¿Es un linchamiento público? ¿Los van a golpear?

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Aunque se trataba de manifestantes que a lo largo de las protestas se habían mostrado pacíficos, dentro de un caos generalizado en el que pequeños sectores extremos le hicieron el caldo gordo a la policía que buscaba excusas para reprimir, los interrogantes surgían a cada instante. Hasta que, ya en las afueras del anfiteatro, una indígena dejó una frase que dejó recalculando y, en ridículo, tantas dudas: “Los están bañando, nada más, entren y vean y ayuden a que el mundo sepa que el único que está matando es este Gobierno asesino, porque nadie informa nada”, aseguró, tras pedir que nos identificáramos.

Así fue que se generó una suerte de boca en boca: “Prensa extranjera, dejen que pasen”, repetían para abrir paso. Y enseguida, entre algunos aplausos y gritos de apoyo a “la prensa que no es corrupta” (el equivalente a medios hegemónicos que patentó el kirchnerismo en la Argentina), un grupo se puso a disposición para escoltarnos entre miles de manifestantes y posibilitar el acceso al Agora. La cálida bienvenida a los medios internacionales tenía que ver con las críticas por la falta de cobertura de los medios más importantes ante la brutal represión ocurrida el miércoles.

La marcha convocada por organizaciones indígenas el jueves fue masiva y tuvo episodios de violencia. /AFP

La marcha convocada por organizaciones indígenas el jueves fue masiva y tuvo episodios de violencia. /AFP

Pero todo cambió de repente. Si en las afueras la muchedumbre había facilitado las cosas, puertas adentro se advirtió un clima hostil casi inmediatamente. En el escenario, con pánico en sus rostros, el coronel Christian Rueda y el resto de los policías secuestrados intentaban mantener la calma y no enfurecer a los indígenas.

Y una escena por demás angustiante se vivió cuando Rueda fue obligado a responder lo que querían que respondiera: que pese a estar descalzo y haber sido despojado del grueso de sus pertenencias, estaba allí de “manera voluntaria”. Todo para desmentir a los medios de comunicación que minutos antes habían informado sobre el secuestro de los efectivos. Como si las imágenes de los policías siendo escoltados hasta el lugar y luego forzados a quitarse parte de sus ropas no existieran.

Pese a que en plena asamblea el presidente de la Conaie, Jaime Vargas, prometió que no iban a ser agredidos, el alivio duró poco, porque la discusión se enfocó en el rol de los medios durante la semana del conflicto y en el reclamo a viva voz a los cronistas para que “transmitan en vivo”.

“¡Cadena nacional, cadena nacional!”, agitaban casi a coro los 4 mil indígenas y sus respectivos líderes, mientras controlaban con sus celulares que se cumpliera con la exigencia.

Cientos de personas en el velatorio de Inocencio Tacumbi, dirigente de la Confederación de Nacionalidades Indígenas (Conaie) que murió durante las protestas en Quito, este jueves. /EFE

Cientos de personas en el velatorio de Inocencio Tacumbi, dirigente de la Confederación de Nacionalidades Indígenas (Conaie) que murió durante las protestas en Quito, este jueves. /EFE

Como la señal de internet era muy débil, los murmullos se multiplicaban: “No están en vivo, no están en vivo”, interrumpían a cada momento. Hasta que, cansado del coro de manifestantes Leónidas Iza, presidente de la Conaie de Cotopaxi, tomó una drástica decisión: “Por favor, compañeros, controlen la puerta, que no pueda salir más nadie”, ordenó, al sumarnos a los periodistas a la lista de retenidos. 

“No vamos a aplicar la violencia, pero se quedan aquí con nosotros”, agregó el dirigente, impostando un resabio de humanidad, entre gritos de aprobación de un reducto que lucía colmado y, en consecuencia, hacía impensable cualquier expectativa de escapar sin el aval de los jefes.

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“Sólo decimos a los medios de comunicación que nosotros no estamos obligándolos a ustedes, no estamos pegándoles ni tratándolos mal, así que les pedimos que digan la verdad”, completó Iza, jactándose de que, efectivamente, no fuimos atacados físicamente, pero arrogándose el derecho a coartar nuestra libertad.

Si nosotros estábamos alterados debajo del escenario, la peor parte se la llevó Freddy Paredes, periodista de TeleAmazonas, una de las principales señales -y también más cuestionada por los indígenas- de televisión de Ecuador, quien fue abordado por Iza para “convencerlo”, como ya había hecho con el policía Rueda, de que no estaba siendo retenido a la fuerza. “Estoy voluntariamente ahora, en este instante”, esquivó el compromiso, hábilmente, el cronista, centro de los abucheos.

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El panorama se puso peor poco después, cuando otro líder indígena tomó el micrófono y redobló la apuesta. “¿Por qué no vinieron ayer, periodistas? Tienen que estar aquí, con el pueblo, siempre. Por eso por esa razón, hemos tomado la decisión de que van a marchar junto con nosotros. ¿Están de acuerdo? ¿Sí o no? No estamos secuestrándolos, no estamos amenazándolos, no estamos maltratándolos: estamos pidiendo que se unan al pueblo”.

Toda esta cronología duró, según otros colegas, cerca de dos horas. Poco frente a las casi diez horas que estuvieron retenidos periodistas de medios locales y una anécdota en relación a la pedrada en la nuca que recibió Paredes. Pero suficiente para palpar de cerca el riesgo y comprender, a 48 horas de haber arribado a Quito, que en algunas zonas ya no llega el Estado.

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Ironía aparte, pudimos salir del Agora gracias a la falta de señal. La necesidad de transmitir nuestros materiales fue la llave de la negociación. Primero nos permitieron acercarnos hasta el vallado perimetral. Y, al cabo de unos minutos de intentos de conexión fallidos, aceptaron la propuesta que les hizo Maxi, un astuto colega que nos guió a los más confundidos: sugirió que podíamos conseguir Internet en un edificio cercano.

Así, nos permitieron que nos retiráramos del predio, pero no sin una escolta, que nos “acompañó” hasta el lobby de un hotel ubicado a doscientos metros, donde algunos lograron refugiarse y otros pudimos utilizar un momento de distracción del hombre para escabullirnos y abrazar a un taxi que nos despertara de la pesadilla.

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